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La tumba de Tutankhamón, descubierta intacta por Howard Carter en 1922, supone una magnífica muestra de las creencias funerarias del antiguo Egipto y sus objetos rituales, y nos permite conocer desde algunas de sus técnicas constructivas hasta pormenores de la vida cotidiana. Entre la gran cantidad de piezas que acompañaban al faraón, se encontraba este ushebti de madera de casi medio metro de altura.

El ushebti era un trabajador que, convenientemente invocado conforme al capítulo VI del ‘’Libro de los Muertos’’, sustituía al difunto en sus trabajos en el ‘’Más Allá’’. Era habitual que este capítulo del ‘’Libro de los Muertos’’, apareciera inscrito en el cuerpo de los ushebtis, ya fuese completo o en una versión abreviada, como en este caso.

Tanto el ajuar de Tutankhamón en general como este ushebti en particular, expresan las ambigüedades de una sociedad inmersa en una restauración religiosa, una sociedad estática que acepta tímidamente leves cambios.

Los rasgos más superficiales del arte amariense no se encuentran en este ushebti, salvo, una tímida giba, que carece de interés dada la concepción frontal de la talla, ya que solo se aprecia levemente en el perfil. Su mentón, nariz, sus grandes ojos, sus labios, y sus sutiles mejillas, a pesar de ser rasgos retratísticos, construyen una fisionomía bella, armónica y equilibrada, completamente idealizada.

Es también característica de la estatuaria egipcia su concepción compacta. Un siervo eterno no puede ser frágil, así que su postura deja los mínimos puntos de debilidad posibles. La posición momiforme en que se representa el ushebti favorece esta perdurabilidad, puesto que simular esta ceñida mortaja de lino implica que el cuerpo tome una acusada forma cilíndrica que se estrecha y ensancha a lo largo de la anatomía del faraón, pero que carece de aristas, entrantes o salientes.

Artículo: Moisés González

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