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Vamos a dar un paseo por la vida y muerte de un faraón que se mantuvo en el anonimato durante siglos, hasta que un conocido arqueólogo, Howard Carter, lo sacó a la luz cubriéndolo de gloria y fama. Este rey no era poderoso, ni famoso, ni siquiera reinó muchos años. Su fama le llegó gracias a que su tumba estaba casi intacta, y en su interior se guardaban grandes tesoros. Pero… vamos a conocer quién era, de dónde venía, cómo fue su corta vida, cómo fue el descubrimiento de su tumba, la verdad sobre las supuestas maldiciones,  su tesoro, y los últimos estudios de su momia.

Nos situamos en la dinastía XVIII, la primera de las tres que componen el Imperio Nuevo Egipcio. Esta dinastía estuvo formada por una serie de  faraones (14 en total) que gobernaron Egipto entre los años 1550 y 1295 a.C; aproximadamente, siendo el momento de máximo esplendor de esta civilización. Egipto se extendía en esta época por  3.200 Km, de norte a sur. Tras las conquistas, la riqueza que les producían los tributos de los grandes territorios conquistados, hace que el país sea muy rico, y, por tanto, con gran actividad constructiva.

Esta Dinastía comenzó con Ahmose, quien liberó a los egipcios de la dominación de los hicsos, recuperó Nubia y selló las fronteras de Egipto haciéndolo más fuerte y más extenso. Le sucedieron importantes reyes que fueron haciendo de Egipto una potencia de la zona.

Uno de ellos es Amenhotep III, probablemente el padre de Tutankhamón. Su reinado se caracterizó por una prosperidad económica y constructiva, y por marcar un largo período de paz. Pero, por otro lado, los problemas en política exterior, y el hecho de que los sacerdotes de Amón eran cada vez más poderosos, serían el terreno de cultivo perfecto para la revolución que llevaría a cabo, años más tarde, su heredero, Amenhotep IV, Akhenatón.

Artículo: Marta Pérez Torres

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