La periodicidad del Heb Sed: La magia de los números en el Antiguo Egipto

El Jubileo Real, o Heb Sed, era un festival comunitario destinado a la energización de las potencias físicas y espirituales del faraón, a medida que éstas se desgastaban por el acúmulo de largos años de reinado a sus espaldas. Teniendo en cuenta que el saludo protocolario dirigido a Su Majestad iba seguido de la abreviatura “vida, salud, fuerza” (en resumen de la expresión: “¡Que viva el faraón, que haya buena salud y goce de prosperidad!”), se sobreentiende que el principal cometido del Heb Sed sería optimizar hasta su máximo exponente estos tres atributos, prolongando su vida, salvaguardando su salud y fortaleciendo su poderío. Existe constancia de este rito regenerador, cuando menos, desde la I Dinastía, según atestigua una etiqueta de ébano (EA 32650) hallada en la tumba de Udimu, cuarto soberano de Egipto tras la primera unificación de las Dos Tierras: uno de los registros de esta tabilla muestra al rey sentado en el pabellón jubilar; mientras que otro lo sitúa protagonizando la carrera del toro Apis. Dicha etiqueta de ébano no contiene referencias temporales que permitan deducir el año exacto del reinado de Udimu en que se llevó a cabo este acto ceremonial: la cronología de Manetón le atribuye 20 años de mandato, si bien el análisis de la Piedra de Palermo, así como otros indicios arqueológicos, sugieren una duración algo mayor, puede que superior incluso a los 40 años, dentro de los cuales habría que inscribir la realización del Heb Sed.

El siguiente gobernante de quien se tiene constancia histórica de haber recibido este bálsamo físico y espiritual es Dyeser, en la III Dinastía, de que da buena cuenta el material localizado en su recinto funerario, en Saqqara. A él, Manetón le arroga 29 años de reinado –en consonancia con el examen de la Piedra de Palermo, que indicaría una duración próxima a los 28 años-, frente al Canon Real de Turín, donde se le asignan tan solamente 19 años guiando el timón del estado egipcio. Pese a todo, sus importantes obras de arquitectura e ingeniería civil y religiosa se acomodan mejor a la cronología larga, encajando así sus tres decenios de gobierno. Por su parte, el primer monarca de la IV Dinastía, Seneferu, en uno de los relieves de su templo funerario de Dashur, aparece indumentado con la túnica blanca que vestían los faraones durante el Heb Sed, sobreentendiéndose que también pudo haber disfrutado de la restauración de los dones humanos y divinos que le ofrecía la celebración de este festival. A Seneferu, las fuentes clásicas, con Manetón a la cabeza, le adscriben 29 años de reinado, en contraposición con el Canon Real de Turín, que se limita a concederle 24 años, posiblemente, tras equiparar erróneamente esta cifra con las 24 ocasiones del censo registradas en tiempos de este faraón: aunque lo habitual era que estos empadronamientos se hiciesen con carácter bianual, se sabe a ciencia cierta, por la Piedra de Palermo, que los censos séptimo y octavo se practicaron de forma consecutiva. Por ello, el reinado de Seneferu se suele datar dentro de un mínimo de 7 censos bianuales y 14 anuales (montando un total de 28 años) y un máximo de 23 censos bianuales y 1 anual (ascendiendo entonces a 47 años): una vez más, la labor constructiva de este monarca en Meidum y Dashur propicia una duración que supere las tres décadas asumiendo el liderazgo de su país.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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Nitocris, ¿realidad o ficción?

Hasta hace relativamente poco, se creía que su nombre aparecía mencionado en el Canon Real de Turín , si bien recientes investigaciones descartan esta posibilidad. Herodoto la menciona como vengadora de los asesinos de su hermano, mientras Manetón la ubica al final de la VI Dinastía, atribuyéndole la construcción de la tercera pirámide de Cocome. Sin embargo, ningún vestigio arqueológico confirma su existencia en los estertores del Imperio Antiguo. ¿Cabría la posibilidad de que esta soberana, que parece haber ejercido el poder en solitario, no hubiese existido jamás? ¿O podría, en realidad, corresponder a otro período histórico? En tal caso, ¿guarda alguna relación con las dos Adoratrices Divinas de Amón que portaron el nombre Nitocris quince siglos después de su presunto reinado?

Los humanos se distinguen de los demás seres vivos por su capacidad para sentir curiosidad. Y nada mejor para despertar sus interrogantes que el misterio de gentes venidas de tierras lejanas, con estadías efímeras, atributos fabulosos, sumidas en el anonimato o, en el mejor de los casos, portadoras de nombres extraños a cualquier lengua conocida. Uno de los casos más llamativos y populares de este interés hacia lo ignoto es el de la reina de Saba, cuya memoria ha trascendido a los siglos al reclamo de su hermosura, su inteligencia y su patrimonio.

Durante muchas centurias, el sugerente retrato que el Antiguo Testamento ha perpetuado de la reina de Saba ha motivado las más dispares opiniones de los historiadores, induciendo la controversia y las búsquedas más extraordinarias que el ser humano pueda imaginarse, pese a que podría tratarse tan solo de una hermosa fábula oriental, ideada para poner el énfasis y el acento sobre la sabiduría del rey Salomón. Tanto la Biblia como el Corán omiten el nombre de la reina de los sabeos, aunque las tradiciones posteriores la bautizarían de muy diversas maneras, perviviendo a través de las fuentes secundarias: así, los comentaristas al Corán, caso de Tabari, Zamakhshari y Baydawi, señalan que su nombre fue Bilquis; mientras que las crónicas sagradas de la Iglesia Etíope, la Quebra Nagast, le atribuyen el nombre de Maqueda. Sin embargo, investigaciones recientes parecen demostrar que ambos nombres serían, en realidad, la transformación de un título personal: el historiador británico Edward Ullendorff siempre ha sostenido que Maqueda es una corrupción del término Candaque, con el que se conocía a las monarcas y consortes del reino africano de Kush, entre el Sur de Egipto y el Norte de Sudán.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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