Santuario de Anubis

El santuario de Anubis forma parte de los objetos funerarios del antiguo faraón egipcio Tutankamón (XVIII dinastía, Imperio Nuevo). Su tumba fue descubierta casi intacta el 4 de noviembre de 1922 en el Valle de los Reyes al oeste de Tebas por Howard Carter. Hoy el objeto, con el número de descubrimiento 261, está expuesto en el Museo Egipcio de El Cairo, con el número de inventario JE 61444.

El santuario de Anubis fue encontrado detrás de la entrada sin muro que lleva de la cámara funeraria al Tesoro. El santuario, con una figura de Anubis encima, miraba al oeste. Detrás se encontraba el templete canópico con los vasos canopes del faraón dentro. Durante los trabajos en la cámara funeraria, la entrada fue bloqueada con planchas de madera, de forma que el trabajo de limpieza y recogido no deteriorara los objetos. La investigación y limpieza de la sala comenzó durante la quinta campaña de excavación (22 de septiembre de 1926 – 3 de mayo de 1927) y Carter describe por primera vez el santuario de Anubis en su diario de excavación el 23 de octubre de 1927.

La estatua de Anubis, representado bajo forma animal como un chacal echado en posición de alerta, estaba unida al techo del santuario. La estatua es de madera, pintada de negro. El interior de las orejas, las cejas y el borde de los ojos, así como el cuello y la banda atada en torno al cuello, chapados en pan de oro. El blanco de los ojos es de calcita y las pupilas de obsidiana. Las uñas son de plata, que era más preciosa que el oro en el Antiguo Egipto, al ser más escasa.

La estatua de Anubis estaba envuelta en un paño de lino que data del séptimo año del faraón Akenatón, según los jeroglíficos escritos en tinta en él. Debajo, una muy fina gasa de lino estaba atada en la parte delantera del cuello.1​ Un ramo estaba enrollado al cuello de la figura, con lotos y acianos entrelazados, atados detrás de la cabeza.

Entre sus patas se encontraba originalmente una paleta de escritura en marfil que lleva el nombre de la hija mayor de Akenatón, Meritatón.

La estatua de Anubis fue separada del techo del santuario el 25 de octubre de 1926, a fin de transportarla de manera segura a través de la cámara funeraria al exterior de la tumba y al laboratorio el día siguiente, con el santuario en el palanquín.

Una estatua de Anubis similar fue encontrada en la tumba del faraón Horemheb (KV57), excepto que sus decoraciones eran de piedras preciosas, sustraídas por los antiguos ladrones.

Artículo: Santos Cardoso López / Sara López Caiz

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Los principales dioses del panteón egipcio

La religión practicada por los habitantes del antiguo Egipto es posiblemente la más compleja de cuantas hubo en la Antigüedad. La mayoría de los más de 1500 dioses que se adoraron en el Egipto faraónico empezaron siendo divinidades locales durante el Periodo Predinástico que, con el posterior desarrollo político y económico del país, terminaron extendiéndose a toda la tierra del Nilo. Así se generó una religión no homogénea en la que podía venerarse el mismo elemento bajo la forma de diferentes divinidades.

Dado el carácter breve y divulgativo de esta publicación, me centraré únicamente en las características de la religión vinculadas a la siguiente lista de los dioses egipcios más importantes: Amón, Anubis, Apis, Atón, Atum, Bes, Gueb, Hathor, Horus, Isis, Maat, Min, Neftis, Nekhbet, Nut, Osiris, Ptah, Re, Set, Shu, Sobek, Tefnut, Thot, Tueris y Uadyet.

Antes de hacer una descripción de los dioses egipcios, cabe definir exactamente qué eran los dioses en el antiguo Egipto. En egipcio, la palabra “dios” se escribía con un jeroglífico que representaba un mástil con una banderola ondeando en el extremo y se pronunciaba de un modo parecido a “netcher”.

Básicamente, se refería a un ser que vivía en un mundo ajeno al humano y podía actuar en éste por medio de la heka, es decir, la magia, que al final no era otra cosa que la energía vital de cada dios en acción, es decir, el ka.

En general, los dioses egipcios se caracterizaban por ciertos rasgos físicos comunes: su carne era de oro, sus huesos de plata, sus cabellos de lapislázul y desprendían un olor embriagador.

Partiendo de esta base, una divinidad egipcia se podía presentar con muchos aspectos diferentes gracias a las formas de su bai, es decir, la capacidad divina de poder adoptar distintas apariencias.

En este sentido, muchos dioses egipcios eran representados como híbridos con cuerpo humano y cabeza de animal. Esta simbiosis se dio desde bien temprano, concretamente desde la III Dinastía (2686-2613 a.C.), en el Reino Antiguo. Cabe destacar que los antiguos egipcios no adoraban a los animales como tales, sino que encontraban en cada uno de ellos un rasgo particular de un dios, por lo que pensaban que era una manifestación suya.

Otra particularidad de los dioses egipcios es que prácticamente nunca se mostraban directamente ante sus fieles. De hecho, el faraón era el único ser humano capacitado para actuar como intermediario entre el mundo de los dioses y el de los hombres.

Artículo: Heródoto de Halicarnaso

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El hombre y la muerte en Egipto. Creencias y prácticas

En el antiguo Egipto el Universo se entendía como un equilibrio entre las fuerzas del orden y las manifestaciones del caos. El momento de la Creación, amenazado cada noche por el caos, se tenía que reproducir cada amanecer cuando el gran dios primordial Atum-Re emergía en el horizonte, teñido de rojo –el color de la sangre- tras haber cruzado los mundos subterráneos de la noche y haber derrotado al caos.

Del mismo modo que la Creación se renovaba periódicamente, los egipcios atribuían un carácter cíclico a las manifestaciones de esa Creación: la vegetación nacía, moría y luego renacía de nuevo; la Gran Inundación llegaba cada año en el momento esperado; las Estrellas Imperecederas (las Circumpolares) brillaban cada noche en el cielo… Igualmente, ese aspecto cíclico impregnaba también la existencia del hombre, que nacía, vivía y fallecía, para volver luego a renacer tras la muerte.

Osiris, legendaria divinidad civilizadora del Egipto más antiguo, brindaba a los hombres la esperanza de que una nueva vida les esperaba tras la muerte. Osiris, engañado y asesinado por Set, había muerto para luego, gracias a los trabajos de Isis (su hermana-esposa) y Anubis (el dios chacal que custodiaba las necrópolis y conducía a los difuntos al Más Allá), volver de nuevo a la vida y ser convertido en Rey del Mundo de la Ultratumba, en tanto que su hijo Horus, engendrado gracias al poder mágico de Isis, tras una conocida y prolongada disputa con su tío Set se habría convertido en el legítimo heredero del reino de Egipto.

Pues bien, los antiguos egipcios con sus creencias en relación con la muerte y el más allá pretendían conseguir, al igual que Osiris, verse convertidos tras un proceso de Glorificación en seres inmortales, asimilados al propio Osiris. Ese es el motivo de que en los textos funerarios el difunto “N” sea denominado “Osiris N”.

Esta es una materia en la que los egipcios lograron brillar con una luminosidad especial. En sus creencias, tan distintas de las modernas, el hombre estaba integrado por diversos componentes que hoy se nos manifiestan muy sugerentes. Nosotros distinguimos entre cuerpo y alma. Los egipcios eran mucho más sutiles y, en ese sentido, su capacidad de distinguir entre lo que ellos llamaban ka, ba y aj reviste una clara importancia.

Artículo: Ildefonso Robledo Casanova

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Los inicios del arte en Egipto: el Predinástico

Los más antiguos ejemplos de arte en Egipto corresponden a una serie de dibujos hechos en roca en las orillas del río Nilo, en Nubia y el Alto Egipto. Se pueden datar hacia 7000 a.e.c. Se trata de dibujos geométricos, sobre todo círculos y círculos concéntricos, además de determinadas figuraciones abstractas y motivos en forma de redes. Solamente con posterioridad aparecerá la figuración, en particular dibujos de animales que son perseguidos por cazadores, además de la presencia de trampas y algunas armas. Por su parte, la presencia de imágenes de ganado o de barcas parece asociarse con culturas neolíticas del Alto Egipto y también con las culturas del grupo C de Nubia.
Los cementerios de estos primeros tiempos, con presencia de cerámica y ajuares funerarios, corresponden a dos grupos, el amraciense (Nagada I) en el Alto Egipto y el gerzeense (Nagada II). Son los períodos del Predinástico inicial y medio. El tardío ha sido denominado semainiano, aunque su indefinición precisa ha dado pie a seguir hablando de gerzeense hasta la transición al período histórico. Los objetos que caracterizan el segundo grupo se han encontrado cerca de El Fayum, en el norte de Egipto. Al período transicional (de la I Dinastía) pertenecen un grupo de objetos esculpidos que se depositaron en el santuario de la capital meridional de Hieracómpolis. Los mismos homenajeaban las victorias del sur sobre el norte en la pugna que daría lugar al sometimiento del Delta del Nilo, que había sido controlado desde Buto. Este sería el verdadero Predinástico tardío o, si se quiere, Protodinástico (o incluso momento de la Dinastía 0).

Es el periodo Predinástico el momento en el que se comenzaba a aprender a usar un metal como el cobre para fabricar herramientas y armas. En las representaciones sobre la cerámica así como en las figuras hechas de hueso, arcilla o marfil, se encontraría el comienzo del arte egipcio. Se trata de un artesano egipcio que aprende a modelar la piedra en forma de vasijas o de paletas. Además de la cerámica roja de la etapa badariense, la cerámica amraciense se destaca por piezas también rojas pero decoradas con pintura de color crema. Esto contrasta con el silueteado de líneas rojas sobre vasijas amarillas de los artesanos gerzeenses. Si bien son los motivos geométricos los que predominan en el dibujo amraciense, ya empiezan a surgir diseños de figurativos, tanto de animales y plantas como de seres humanos. Son las vasijas decoradas que sintetizan el inicio de la pintura egipcia.

Un ejemplo destacable es la repetición de un hipopótamo, animal bien conocido en Egipto, en torno al centro del interior de un cuenco hallado en Mesaeed. Este mismo animal aparece también modelado de manera simple en arcilla. De la época gerzeense se puede rescatar, en este mismo sentido, la figura de un chacal hecho en pizarra y hallado en la necrópolis de El Ahaiwah, cerca de Naga-ed-Dev, que hasta el Reino Medio fue uno de los sitios de inhumación del nomo tinita. Esta pieza, plana, tiene un aspecto análogo al de las célebres paletas predinásticas a las que en ocasiones se les daba forma animalesca, tanto de peces como de aves. Sin embargo, no parece que hubiese sido confeccionada para una función cosmética. Tallada por las dos caras pudiera tratarse de una de las más antiguas imágenes de una deidad en forma de animal, del tipo Anubis.

Artículo: Julio López Saco

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El poblamiento del valle

Dicen que en el principio no había nada, únicamente agua, una inmensidad que abarcaba todo, no había ni noche ni día, ni luz ni oscuridad, ni murmullo ni silencio.

Pero, de este océano primigenio, surgió la primera tierra, la roca primordial, el «Benben», y Atum, el Demiurgo, el Creador que, con su semen, generó a Shu, el Aire, y Tefnut, la Humedad.

De ellos nacerían Geb (La Tierra) y Nut (el Cielo), separados por su padre con la secreta esperanza de apartarles de una relación incestuosa, acto que, a la postre, resultó inevitable, pues engendrarían cuatro vástagos, Osiris, Isis, Seth y Neftis.

La primera pareja, tuvo un descendiente, Horus, personaje trascendental, pues sería el protagonista en las relaciones entre divinidades y hombres, ya que se transfiguraría en la figura del Rey, el Dios Viviente.

Fue el comienzo de Egipto, del Egipto mítico, cuyo cimiento se fundamentó en esa esencia acuosa, de la misma forma que, la historia del poblamiento y ocupación del Valle del Nilo, tendría como protagonista fundamental a este líquido elemento, dador de vida.

Si la tecnología existente en la actualidad permitiera un utópico viaje en el tiempo, y si ese desplazamiento nos transportara a las tierras norteafricanas hace miles de años, nos encontraríamos con un entorno totalmente diferente, desconocido a nuestros ojos, un horizonte paleolítico de humedales y praderas, donde los grupos humanos se trasladaban en pos de las manadas de animales, descansando y avituallándose en las riberas de los ríos y en las fuentes de materias primas, con las que confeccionaban sus utensilios y armamento.Sin embargo, la naturaleza es caprichosa, y la épocas húmedas eran sustituidas por períodos de una gran sequedad que obligaban a todo ser vivo, que pudiera, a buscar refugio en las corrientes fluviales próximas que no habían desaparecido.

Durante varios miles de años el panorama se tornó sombrío, con grandes sabanas deshabitadas, y pequeñas comunidades cazadoras-recolectoras que se vieron obligadas a arremolinarse en torno a diferentes puntos o lugares concretos, algunos de ellos adyacentes al Nilo, cuya fisonomía debía de ser muy distinta a su apariencia presente.

El tiempo pasa, y hacia el 12/10000 a.C., es decir, con la conclusión del Pleistoceno y, paralelamente, el desenlace del Paleolítico, la climatología sufría una serie de cambios y variaciones que llevaron a la desaparición de las glaciaciones que habían padecido durante milenios, o millones de años, los territorios boreales de Europa y Norteamérica fundamentalmente.

Artículo: Hipólito Pecci Tenrero

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