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Repercusión del ciclo de calipo en el calendario alejandrino.

El 15 de abril de 1866, mientras llevaba a cabo una excavación arqueológica en las proximidades de Tanis, el egiptólogo boruso Karl Richard Lepsius descubrió una magnífica estela, tallada a partir de un bloque de caliza, en la que se contiene uno de los textos más extraordinarios y enigmáticos que nos ha legado el Antiguo Egipto.

Tanto por su contenido como por otras particularidades sobre las que pronto volveremos: Nos estamos refiriendo al famoso “Decreto de Canopo”. Explicar que, gracias a su inscripción trilingüe en escrituras jeroglífica monumental, demótica y griega uncial, este hallazgo permitió corroborar de forma definitiva la traducción e interpretación del sistema jeroglífico hecha, décadas atrás, por Jean François Champollion, valiéndose de la “Piedra de Rosetta” como principal referente.

Lo cierto es que, hasta nuestros días, han sobrevivido al menos tres decretos faraónicos que fueron mandados esculpir en diferentes lenguas y alfabetos. El más antiguo, por su fecha de composición, es el propio “Decreto de Canopo”, promulgado durante el reinado de Ptolomeo III Evergetes, el 7 de marzo del año 238 a. C. Le sigue el “Decreto de Menfis”, datado bajo el mandato de Ptolomeo IV Filopator, en el año 217 a. C., y del cual se conservan dos copias: El “Decreto de Rafah”, descubierto en 1902, y la “Estela de Pitón”, desenterrada en 1923. Concluye esta trilogía un segundo “Decreto de Menfis“, publicado, en este caso, siendo faraón Ptolomeo V Epifanes, el 27 de marzo del año 196 a. C., y que ha pasado a la posteridad gracias a sus tres copias: La archiconocida “Piedra de Rosetta“, sacada a la luz en 1799; la “Estela de Nubariya“, localizada a finales del siglo XIX; y una inscripción gemela hallada en el Templo de Filé.

Nos interesa, especialmente, el “Decreto de Canopo”, dado el destacable conocimiento científico que ofrece en el campo de la astronomía, al proponer la reforma del calendario mediante la introducción de un sexto día, sumado a los 5 epagómenos, al término de cada 4 años. Con esta medida, que nosotros conocemos como año intercalar bisiesto y que aún conserva nuestro calendario gregoriano, buscaban los lágidas adaptar el calendario civil a la duración auténtica del año trópico, de 365’2422 días, al menos, en una fórmula aproximada hasta el segundo decimal, con 365’25 días, cifra que demuestran conocer los sacerdotes astrónomos egipcios, a más tardar, durante el periodo helenístico, y que seguramente habrían aprendido con bastante antelación, a juzgar por el comportamiento anómalo de su calendario de 365 días.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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