Los elementos más arcaicos de la religión egipcia corresponden a la presencia de deidades locales, cada una de carácter supremo en su nomo particular (célula administrativa que dependía del servicio centralizador central. Cada uno, con su propia capital, era un mini estado autónomo originario, agrupado en torno a un santuario y regido por un príncipe hereditario que, a su vez, era un sacerdote). El faraón, heredero del príncipe del nomo o nomarca, se convertirá posteriormente en sumo sacerdote. Es en el nomo, por consiguiente, donde surgirá el movimiento expansionista que conformará la monarquía faraónica. Al predinástico pertenecen algunas divinidades primitivas, como Min, en Coptos, Hathor y Jentamentiu en Abidos y Set en Ombo. Estos dioses locales empezarán a reunirse, primero en tríadas, formadas por ambos padres y el hijo, y posteriormente en sistemas teológicos más sofisticados, quizá un reflejo de las situaciones políticas imperantes en el momento histórico, en forma de alianzas, anexiones o hegemonías de dioses.

Gracias a los Textos de las Pirámides conocemos la existencia de dos sistemas teológicos distintos, el solar y el osiriaco. Estos textos de literatura religiosa aparecieron inscritos en la pirámide de Unas, el último rey de la Dinastía V, así como en la mayoría de las pirámides de las dinastías VI y VII. Se trata de un conjunto de himnos y fórmulas inscritas en jeroglíficos dispuestos verticalmente. Compilan múltiples textos de diferentes procedencias y antigüedad, siendo luego reelaborados por el clero menfita para adaptarlos al uso funerario del rey, cuya sobrevivencia y fuerza en el Más Allá ultramundano se trataba de garantizar.

Además, por otra parte, los diferentes colegios sacerdotales crearon otros sistemas teológicos diversos con la cosmológica finalidad de organizar el mundo y sus divinidades. Las más antiguas cosmogonías surgen ahora, antes de la unificación política: la Ennéada de Heliópolis, en torno al dios solar Atum, y la Ogdóada de Hermópolis en torno a Tot. Será Heliópolis la que se alce como la metrópoli religiosa del Egipto predinástico a través de la imposición de su clero. Parece probable que en el delta del Nilo surgiese una monarquía cuyos representantes serían las encarnaciones de Horus, hijo de Osiris. Éste pudo haberse integrado en la Ennéada de Atum de Heliópolis como hicieron Geb y Nut. Con la nueva monarquía en el protodinástico (Nagada III), encabezada por Hieracómpolis, los dioses protectores de la misma serán Horus y Set. Este vínculo ocurriría porque la monarquía tuvo que echar mano del sector de la aristocracia del alto Egipto, fiel a Set, para lograr la conquista del bajo Egipto. Tal ayuda se plasmó, así, en una alianza religiosa unificadora entre las dos deidades.

En época Tinita se explicita ya la escatología egipcia y el ritual funerario. El rey adquiere un espíritu divino, un doble idéntico pero divino, exterior a él, que le hace omnipotente, el ka . Además, posee un alma ( ba ), que a la muerte del cuerpo era divinizada para que fuese con el ka. Ambas partes espirituales e inmateriales, necesitaban el soporte del cuerpo o, en su defecto, de sus representaciones, figuradas y escritas, de ahí la necesidad de la momificación o la multiplicación de estatuas y relieves. En la Dinastía II, en época de Nebre, es cuando se constata el que parece ser el más antiguo testimonio de la aparición del culto de Re, elaborado por el clero de Heliópolis, que pronto sería adoptado por la monarquía, ya en la siguiente dinastía.

Artículo: Julio López Saco

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