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Toda génesis necesita una argumentación teórica, todo comienzo necesita un puntal en el que sostenerse, y es en este contexto donde los Mitos de la Creación cobran su protagonismo.

Existen diferentes composiciones o tradiciones, cada una proveniente de una ciudad determinada, Menfis, Hermópolis…,que narran, a partir de unos fundamentos análogos, el origen, el principio del cosmos. Si bien, la más popular es la Cosmogonía heliopolitana, antigua On, principal centro cultual de Re, y que se encuadra dentro de los Textos de las Pirámides, datados en la V dinastía, durante el reinado de su último soberano. Unas, narraciones, en su mayoría, originarias del Imperio Nuevo y que han llegado a nosotros a través de fuentes posteriores.

Los mitos, tienen un valor comunal, son estatales, colectivos,  su función es la de servir de aglutinante de toda la sociedad, por lo que no hay espacio para una religión individualizada, no existe el “uno”, pues el fin último es que reine la Maat, es la supervivencia del Estado.

En el principio no había nada, no había luz, no había tierra, nada, únicamente el Num u Océano Primigenio.

De él surgió el Demiurgo, el dios creador Atum, el cual, desde el Benben, el primer trozo de materia sólida, que hay que poner en relación con la erección de los obeliscos, engendró por masturbación, al dios Shu, el Aire, que según alguna versión fue escupido, y a la diosa Tefnut la Humedad, que según otras fuentes, fue vomitada.

Estas dos divinidades concibieron a Geb, la Tierra, y Nut, el Cielo, y a su vez, de ellos surgieron Osiris, Isis, Set y Neftis, dando lugar a uno de los conjuntos de dioses más importantes de la religión egipcia, a los que se suman comúnmente Horus y Anubis.

Artículo: Hipólito Pecci Tenrero

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