El robo, la usurpación y la mentira, desde muy temprano, son actos bastante juzgados por la ética y la moral humanas. Desde las primeras civilizaciones, asistimos a una propaganda gigantesca por parte de los Estados en promover la integridad del hombre, no comprometiendo el orden cósmico, apaciguando la cólera divina y el caos.

Los primeros humanos tenían una relación de asombro con su entorno, especialmente con los fenómenos que eran incapaces de justificar. Así, de los mundos de la oscuridad, incerteza y de las tinieblas surge el concepto de ‘‘caos’’. El caos siempre asombró las poblaciones de la Antigüedad, que lo concebían como un demonio, una entidad capaz de asustar, el destructor de la armonía terrenal. Mirando la psicología humana y analizando su sistema operativo, posiblemente encontraríamos algo como, ‘‘rechazar el caos, crear el orden’’. Este no es nada más que el programa director del cerebro, implantado por los credos y dogmas religioso-sociales, el pilar de la concepción humana de una vida ideal y perfecta. En cualquier civilización que cultive la dualidad de los términos de ‘‘orden’’ y ‘‘caos’’, es la premisa cabal por la cual el Hombre siempre se ha guiado – contra el caos y a favor del orden.

La predisposición automática para el orden y organizar ha nacido con nosotros. Fruto de esta necesidad, las comunidades empezaron a establecer patrones de comportamiento, guiándose por una instrucción general y universal visible, pero también invisible, regida en consonancia con el Cosmos, manteniendo el equilibrio universal.

La vida en comunidad necesita de firmes normas de conducta. El Derecho se originó como consecuencia de las relaciones humanas en los primeros poblados y Estados. A su vez, la justicia no es nada más que el verdadero fundamento del Derecho, expresando la igualdad de los individuos delante de una ley moral.

Dejando las utopías en las obras de Thomas More, la verdad es que convivir en sociedad no es algo fácil, es una constante disputa de ideas, perspectivas y personalidades, que muchas veces no coinciden unas con otras. Esta dificultad siempre se ha sentido, culminando en episodios complicados, donde la intervención de las autoridades y de las altas esferas jurídicas fue imprescindible.

Artículo: Cláudia Barros

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