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Dicen que en el principio no había nada, únicamente agua, una inmensidad que abarcaba todo, no había ni noche ni día, ni luz ni oscuridad, ni murmullo ni silencio.

Pero, de este océano primigenio, surgió la primera tierra, la roca primordial, el “Benben”, y Atum, el Demiurgo, el Creador que, con su semen, generó a Shu, el Aire, y Tefnut, la Humedad.

De ellos nacerían Geb (La Tierra) y Nut (el Cielo), separados por su padre con la secreta esperanza de apartarles de una relación incestuosa, acto que, a la postre, resultó inevitable, pues engendrarían cuatro vástagos, Osiris, Isis, Seth y Neftis.

La primera pareja, tuvo un descendiente, Horus, personaje trascendental, pues sería el protagonista en las relaciones entre divinidades y hombres, ya que se transfiguraría en la figura del Rey, el Dios Viviente.

Fue el comienzo de Egipto, del Egipto mítico, cuyo cimiento se fundamentó en esa esencia acuosa, de la misma forma que, la historia del poblamiento y ocupación del Valle del Nilo, tendría como protagonista fundamental a este líquido elemento, dador de vida.

Si la tecnología existente en la actualidad permitiera un utópico viaje en el tiempo, y si ese desplazamiento nos transportara a las tierras norteafricanas hace miles de años, nos encontraríamos con un entorno totalmente diferente, desconocido a nuestros ojos, un horizonte paleolítico de humedales y praderas, donde los grupos humanos se trasladaban en pos de las manadas de animales, descansando y avituallándose en las riberas de los ríos y en las fuentes de materias primas, con las que confeccionaban sus utensilios y armamento.Sin embargo, la naturaleza es caprichosa, y la épocas húmedas eran sustituidas por períodos de una gran sequedad que obligaban a todo ser vivo, que pudiera, a buscar refugio en las corrientes fluviales próximas que no habían desaparecido.

Durante varios miles de años el panorama se tornó sombrío, con grandes sabanas deshabitadas, y pequeñas comunidades cazadoras-recolectoras que se vieron obligadas a arremolinarse en torno a diferentes puntos o lugares concretos, algunos de ellos adyacentes al Nilo, cuya fisonomía debía de ser muy distinta a su apariencia presente.

El tiempo pasa, y hacia el 12/10000 a.C., es decir, con la conclusión del Pleistoceno y, paralelamente, el desenlace del Paleolítico, la climatología sufría una serie de cambios y variaciones que llevaron a la desaparición de las glaciaciones que habían padecido durante milenios, o millones de años, los territorios boreales de Europa y Norteamérica fundamentalmente.

Artículo: Hipólito Pecci Tenrero

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