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Pirámides en Egipto: Los embriones del Fénix

¿Por qué las pirámides tienen esa forma en particular y no otra? Desde el punto de vista arquitectónico, la respuesta parece sencilla.

En primer lugar surgió la mastaba, una estructura de piedra con forma de cajón sólido, cuyas paredes, ligeramente inclinadas hacia el interior del edificio, estaban diseñadas para dotar al monumento de una mayor durabilidad, evitando el colapso de sus muros pese al paso del tiempo. Eran, en resumen, moradas pensadas para la eternidad. Después llegaría la pirámide escalonada, según parece, resultado de un experimento casual del arquitecto Imhotep, al trabajar el diseño de la mastaba del faraón Dyeser, a la que aumentó su tamaño añadiendo una sucesión de mastabas cada vez más pequeñas, unas encima de otras, y con aspecto muy similar a los zigurats mesopotámicos o las pirámides mayas. Finalmente, nació la pirámide de caras lisas, cuando, en la transición entre la III y la IV dinastía, a alguien se le ocurriría la feliz idea de rellenar los escalones para dotar al monumento de una mayor perfección estética o, lo más seguro, de mayor solidez, acudiendo a la misma razón por la que las paredes de las mastabas tienen esa inclinación tan característica. Su imagen debió de parecerle familiar a los griegos, que rápidamente asociaron estos monumentos a un pastel de sésamo y harina de trigo, de forma piramidal, al que ellos daban la denominación de pyramis (πυραμίς), nombre que acabaría transponiéndose a las tumbas de los faraones. El problema surge en cuanto se trata de dar a la forma de las pirámides un sentido simbólico, religioso, una segunda lectura de carácter místico, connotativa, una ambivalencia, un doble sentido, uno más entre esos otros muchos por los que tanto gusto e inclinación mostraron los antiguos egipcios. Y reaparece la pregunta… ¿Por qué esa forma y no otra?

Para algunos egiptólogos, podría tratarse de una evocación de “la Colina Primigenia que emergió de las aguas del caos, como las zonas de terreno elevado que emergían todos los años del Nilo cuando las aguas de la inundación retrocedían” (Edwards; 2003:280), sobre la cual se había posado el dios Atum al principio de la Creación. Pero bien mirada, esta explicación no parece la más idónea para una edificación de carácter funerario, en la que el faraón, Horus en vida, Osiris en muerte, tenía el duro cometido de transformar su momia en un cuerpo espiritualizado con el propósito de iniciar su reinado en el ultramundo; una filosofía que ya descansa en los Textos de las Pirámides, donde queda claro el destino astral del rey difunto, asociado al Sol y a las estrellas.

Para otros, las pirámides escalonadas son la representación esquemática de una escalera, a través de la cual la que se describe esta reliquia, de hecho, coincide con las características de los llamados meteoritos de hierro orientado. Se justificaría su comparación con un huevo, dado que algunas especies de aves, como es el caso del arao común, incuban huevos con esta forma, en lugar del perfil elíptico que muestran las nidadas de otros pájaros. Además, la Benben de la “Casa del Fénix” en Heliópolis habría servido como modelo de los piramidiones, ubicados en el vértice de las pirámides y de los obeliscos, donde solían recubrirse estas piedras con láminas de oro, bronce o electro, y que servían, a un mismo tiempo, como lugar de reposo de Ra y como punto de unión entre lo celestial y lo terrenal. La pregunta ahora debe ser, ¿y cómo podría esta piedra solar haber afectado al diseño de las pirámides lisas?

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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