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Durante el proceso de conquistas del territorio hikso por parte de la XVII dinastía egipcia, la figura de la mujer cobra una importancia vital para la supervivencia de Egipto, pues mientras los soberanos guerreros de finales de la dinastía XVII estaban en combate, eran sus esposas, las reinas, quienes gobernaban el país desde la capital, por lo que sus figuras fueron adoradas tras su muerte como divinidades del más allá y en algunos casos sus nombres y cultos permanecieron hasta tiempos de Ramsés II.

Tetisheri, la esposa principal de Senajtenre Taa I, es la mujer que encabeza esta línea femenina de poder. De origen impreciso, esta reina vivió hasta principios de la dinastía XVIII y fue reverenciada tras su muerte por haber sido la abuela del rey Ahmose. La siguiente figura femenina importante es su hija, Ahhotep, de la cual no queda claro si fue esposa de Seqenenre Taa II o de su sucesor Kamose.

Fue la primera reina en recibir el título de “Esposa del Dios” y de “Segundo Profeta de Amón”, por lo que adoptó un papel muy importante en el culto al dios Amón y en la administración de los recursos económicos de su templo en Karnak. A su muerte, Ahhotep fue divinizada y recordada, como se ve en la estela del rey Ahmose dedicada a su madre.

Aquí, Ahmose hace alusión al importante papel político que desempeñó Ahhotep junto a su hijo cuando este aún era demasiado joven, por lo que se habría tratado de una especie de regencia; de hecho la reina ostentó el título de “Señora del Alto y el Bajo Egipto“. Vemos aquí un claro antecedente de la reina Hatshepsut, que comenzó su carrera política como regente de su sobrino de tres años, el futuro Tutmosis III, antes de coronarse faraón.
Ahhotep tuvo una vida muy larga, pues tendría unos ochenta años cuando regaló unas recompensas a su mayordomo Kares, habiendo reinado ya su nieto Amenhotep I unos diez años. Así, aún viva, tuvo que renunciar a sus títulos para que cayeran en el poder de la esposa de su hijo, Ahmés-Nefertary.

Artículo: Laura Huertas López

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