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Los obeliscos, representación de los rayos del dios solar Re, se alzaban en templos y tumbas de todo Egipto. Eran una obra de gran envergadura, y su construcción y traslado implicaba a cientos de Hombres.

Una de las construcciones que mejor identifican el paisaje del Antiguo Egipto son las pirámides y los obeliscos. De hecho, se trata de monumentos de naturaleza muy similar. Ambos estaban pensados para impresionar por su altura y perdurar en el tiempo; su construcción requería una gran inversión en mano de obra y exigía un vasto despliegue de ingeniería, además de estar cargados de símbolos, mensajes religiosos y políticos.

Los europeos quedaron fascinados por las pirámides y los obeliscos, pero estos últimos tenían la ventaja de ser ”transportables”. Con ello, la rapiña de los occidentales y la liberalidad de algunos gobernantes egipcios permitieron que multitud de obeliscos acabasen como adorno de parques y plazas.

El término ”obelisco” procede del griego obelískos, diminutivo a su vez de obelós, ”asta o columna apuntada”. Los antiguos egipcios los llamaban tejen.

Los obeliscos son monumentos pétreos con forma de pilar, creados en un solo bloque de piedra (monolíticos), de sección cuadrada, con cuatro caras trapezoidales iguales, ligeramente convergentes y rematados superiormente por una pequeña pirámide denominada piramidión.

Artículo: Sara López Caiz

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