Hasta hace relativamente poco, se creía que su nombre aparecía mencionado en el Canon Real de Turín , si bien recientes investigaciones descartan esta posibilidad. Herodoto la menciona como vengadora de los asesinos de su hermano, mientras Manetón la ubica al final de la VI Dinastía, atribuyéndole la construcción de la tercera pirámide de Cocome. Sin embargo, ningún vestigio arqueológico confirma su existencia en los estertores del Imperio Antiguo. ¿Cabría la posibilidad de que esta soberana, que parece haber ejercido el poder en solitario, no hubiese existido jamás? ¿O podría, en realidad, corresponder a otro período histórico? En tal caso, ¿guarda alguna relación con las dos Adoratrices Divinas de Amón que portaron el nombre Nitocris quince siglos después de su presunto reinado?

Los humanos se distinguen de los demás seres vivos por su capacidad para sentir curiosidad. Y nada mejor para despertar sus interrogantes que el misterio de gentes venidas de tierras lejanas, con estadías efímeras, atributos fabulosos, sumidas en el anonimato o, en el mejor de los casos, portadoras de nombres extraños a cualquier lengua conocida. Uno de los casos más llamativos y populares de este interés hacia lo ignoto es el de la reina de Saba, cuya memoria ha trascendido a los siglos al reclamo de su hermosura, su inteligencia y su patrimonio.

Durante muchas centurias, el sugerente retrato que el Antiguo Testamento ha perpetuado de la reina de Saba ha motivado las más dispares opiniones de los historiadores, induciendo la controversia y las búsquedas más extraordinarias que el ser humano pueda imaginarse, pese a que podría tratarse tan solo de una hermosa fábula oriental, ideada para poner el énfasis y el acento sobre la sabiduría del rey Salomón. Tanto la Biblia como el Corán omiten el nombre de la reina de los sabeos, aunque las tradiciones posteriores la bautizarían de muy diversas maneras, perviviendo a través de las fuentes secundarias: así, los comentaristas al Corán, caso de Tabari, Zamakhshari y Baydawi, señalan que su nombre fue Bilquis; mientras que las crónicas sagradas de la Iglesia Etíope, la Quebra Nagast, le atribuyen el nombre de Maqueda. Sin embargo, investigaciones recientes parecen demostrar que ambos nombres serían, en realidad, la transformación de un título personal: el historiador británico Edward Ullendorff siempre ha sostenido que Maqueda es una corrupción del término Candaque, con el que se conocía a las monarcas y consortes del reino africano de Kush, entre el Sur de Egipto y el Norte de Sudán.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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