La exposición temporal: ‘‘Mujeres y hombres del Antiguo Egipto’’, no va de faraones ni de dioses sino de gente corriente, como avanzaba el coleccionista y empresario Jordi Clos, al frente de la fundación arqueológica que lleva su nombre.

Pero una de las 50 piezas que componen su colección, o mejor dicho, la persona que encarna una de esas piezas, sí logró trascender la línea que convierte a un humano en un dios.

Es una pequeña estatua de bronce que muestra, de cuerpo entero y sentado, a Imhotep, “aquel que viene en paz”, un arquitecto y escultor que vivió durante el reinado del faraón Dyesert (hacia 2620 a.C), que además de canciller y consejero fue administrador del Gran Palacio y Gran Sacerdote de Heliópolis y a quien se le atribuye haber implantado la piedra como material constructivo a escala monumental y el diseño y construcción del primer complejo funerario piramidal, coronado con la pirámide escalonada. Tal fue su huella que más de dos mil años después, en el 500 a.C, fue ascendido a la categoría de dios.

Pero el resto de las 50 piezas, algunas inéditas, que rodean al célebre Imhotep en la muestra sí son de seres totalmente terrenales y representan a personas cercanas al poder y a la familia real, con el suficiente nivel económico como para permitirse ser inmortalizadas en piedra.

Hay concubinas, sacerdotes y sacerdotisas, escribas, flautistas, portadores de ofrendas, militares, funcionarios, tesoreros…, muchos nobles y de lo que hoy llamaríamos clase media, que con su actividad cotidiana dan fe del funcionamiento de la antigua civilización del Nilo a lo largo de 3.000 años. Unos son anónimos, otros están identificados con su nombre, sus títulos o sus profesiones.

Artículo: Sara López Caiz / Moisés González Sucías / Museu Egipci de Barcelona

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