La década de los sesenta fue un momento clave en la historia de la egiptología española, ya que su participación en la salvación de los templos de Nubia supuso su entrada por la puerta grande en la escena de la arqueología internacional. Con la construcción de la Presa de Asuán, Mustafa Amer, Director del Servicio de Antigüedades en aquel momento, comunicó al ministro de Antigüedades su preocupación por los monumentos nubios, que quedarían irremediablemente inundados. Partiendo de este punto, en 1955 un equipo de expertos egipcios elaboró un informe con los monumentos que tenían que ser objeto de excavación, que fue enviado, en un llamamiento de auxilio internacional, a todas las cancillerías e instituciones científicas del mundo. Así, a través de la UNESCO, se creó el Documentation and Study Center for the History of the Art and Civilization of Ancient Egypt en El Cairo en 1955, con la clara intención de coordinar la faraónica obra de ingeniería que indudablemente iba a tener que realizarse.

La Comunidad Internacional reaccionó, organizando la mayor operación de salvamento arqueológico de todos los tiempos, bajo el lema “Ahora o nunca”. Cuarenta y ocho países contribuyeron a la financiación de las obras, que costaron 41,7 millones de dólares de la época (la mitad a cargo del gobierno egipcio) y España, que empezaba a recuperarse económicamente, participó activamente aportando 525.000 dólares para los trabajos de campo y para el Fondo Económico Internacional para el salvamento de los templos de Abu Simbel y Filae.

Los templos de Abu Simbel, descubiertos hace dos siglos por el suizo John Lewis Burckhardt y el italiano Giovanni Battista Belzoni a 290 kilómetros de Asuán, suponían el objetivo más complejo de salvar, al tratarse de templos esculpidos en la roca. Se barajaron distintos proyectos, como el de aislarlos en una especie de acuario de cristal con ascensores hasta la superficie, pero finalmente Egipto optó por el plan de rescate de la firma de ingenieros suecos Vattenbyggnadsbyran. El gran templo de Ramsés II y el dedicado a su esposa Nefertari serían cortados como piezas de un gigantesco rompecabezas y reconstituidos en la cima de la meseta, por encima de la cota máxima que alcanzaran las aguas. En total se trasladaron 1.036 bloques de arenisca cuyos cortes y señales serían restaurados con arcillas, pinturas y arena para hacerlos imperceptibles, dando por terminado el trabajo con grúas en 1967. Un año más tarde, se levantaron dos inmensas cúpulas por encima de cada uno de los templos, que permitirían soportar las rocas que cubren el conjunto.

Artículo: Alberto A. Vela Rodrigo

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