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Aunque en el antiguo Egipto las relaciones sexuales fuera del matrimonio no estuvieran moralmente mal vistas, ni la virginidad de la novia fuera un requisito indispensable, lo habitual al alcanzar la edad adulta,  como vemos en las Instrucciones de Any, era casarse para formar una familia, que solía estar compuesta por el marido, su esposa y los hijos que tuvieran.

El concepto de matrimonio, sin embargo, era distinto al actual, pues no hacía falta ningún tipo de ceremonia civil ni religiosa para considerar casada a una pareja. Bastaba con que ambos empezaran a cohabitar bajo un mismo techo; generalmente era la mujer la que se trasladaba a una casa propiedad del hombre. El término egipcio para “casarse” es, de hecho, “establecer una casa”, “entrar en una casa”, o “vivir juntos”.

Es posible que los padres tuvieran cierto papel a la hora de establecer el matrimonio de sus hijos, como es el caso de un padre que, desconfiando de su futuro yerno, le hizo firmar un documento donde juraba que no abandonaría a su hija, so pena de ser golpeado cien veces y ser desprovisto de las propiedades que adquiriera junto a ella. Aunque tampoco se puede descartar que, al menos en ocasiones, las mujeres pudieran elegir libremente a sus maridos.

Sea como fuere, el fin principal del matrimonio era uno: tener descendencia. Este hecho era vital, pues no solo serían los hijos quienes cuidarían de sus padres cuando fuesen ancianos, sino que también serían los encargados de llevar a cabo el funeral y los ritos y ofrendas posteriores en la tumba de sus progenitores. Hasta tal punto era importante tener hijos, que la incapacidad para ello era motivo de divorcio.

La edad de los egipcios para casarse era muy temprana: unos veinte años para los hombres, y tras la primera menstruación para las mujeres, que pasarían gran parte de su vida fértil embarazadas.

Artículo: María Isabel Cubas Contreras

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