Permanecían desde hace más de cuatro milenios agazapados bajo la arena, a un tiro de piedra de las pirámides de Giza, una de las millas de oro de la Egiptología. Con el boato habitual, la tierra de los faraones ha anunciado este sábado el hallazgo del cementerio donde fue horadada la tumba de dos sacerdotes vinculados a Kefrén, el monarca cuya pirámide preside una de las mesetas más fotogénicas del mundo.

«Hay que entender una cosa. Todo lo que se descubre en esta necrópolis es importante porque es uno de los lugares más mágicos del planeta», arguye el controvertido Zahi Hawass, ex ministro de Antigüedades. A unos metros, asoma la oquedad que sepultaba, hasta ahora, la biografía de Behnui-Ka y Nwi Who, los dos sacerdotes que compartieron vida de ultratumba.

«Ambos fueron enterrados en la misma sepultura», reconoce a este diario Mustafa al Waziri, secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades. El más agraciado por los cargos fue, sin embargo, Behnui-Ka. Desconocido hasta la fecha en el perímetro de Giza, el finado presumía de ser sacerdote de Maat -la diosa de la Verdad, la Justicia y la Armonía cósmica-, el funcionario judicial más veterano de la corte y purificador de los reyes Kefrén, Userkaf y Niuserre.

Nwi Who llegó a ostentar cinco títulos, entre ellos, el de supervisor de los nuevos asentamientos y el purificador de Kefrén. A ambos difuntos les unía su pleitesía al hijo de Keops, que construyó una pirámide de proporciones similares a la de su progenitor. En realidad, el monumento es unos metros más bajo que la Gran Pirámide pero fue edificado sobre una base rocosa, responsable última de su disfrazada superioridad.

La tumba de Behnui-Ka y Nwi Who es una suerte de panteón familiar. Un miembro de la misión egipcia encargada de firmar su hallazgo trabajaba a mediodía de este sábado en el angosto corredor de la sepultura, tallada en piedra caliza. Un tesoro que procede de la dinastía V (2500-2350 a.C.) y que guarda aún inscripciones y decoración junto a una estatua huérfana de información escrita de uno de los dueños de la tumba en compañía de su esposa y su hijo.

El descanso del dúo se halla en las faldas de un árido promontorio. Desde su cima, las pirámides, la última maravilla del mundo antiguo en pie, se divisan henchidas de esplendor. Iconos de la fiebre de la dinastía IV (2630-2500 a.C.) por construir sus cenotafios o tumbas encerrados bajo pirámides. «La tumba está conectada a ese período. Son sacerdotes que cuidaron del culto al rey. Ésta es una prueba de que la adoración a Kefrén se mantuvo al menos hasta la dinastía VI», replica Hawass.

La nueva necrópolis no se encuentra lejos de una de las obsesiones del egiptólogo más mediático, el cementerio de los constructores de las pirámides. «Se halla al norte de este enterramiento. Es un gran cementerio dedicado a la comunidad de trabajadores que ayudaron, de una forma u otra, a levantar estos monumentos. Es la indicación de que los constructores fueron egipcios y no eran, en ningún caso, esclavos», desliza.

El páramo, como suele ocurrir en los cementerios egipcios, fue habitado siglos después. En la búsqueda de los estratos más antiguos, la expedición se topó con tumbas que datan del período tardío (alrededor del siglo VIII a.C.), cuando los faraones enfilaban el camino hacia un inexorable crepúsculo.

«Cuando empezamos a trabajar aquí, en agosto de 2018, lo primero que encontramos fueron estos enterramientos del 700 a.C.», rememora El Waziri con tono histriónico. «Rescatamos ataúdes de madera en perfecto estado de conservación, que mantienen aún el color y su decoración», admite. Un ajuar de sarcófagos antropomorfos, «ushebtis» de fayenza (figurillas funerarias colocadas en las tumbas del Antiguo Egipto con la creencia de que sus espíritus trabajarían para el difunto en la otra vida) y máscaras funerarias de arcilla y madera que las autoridades exhiben sin reparos.

«Calculo que la misión aquí se prolongará durante tres años. Es una tierra virgen y muy prometedora», vaticina El Waziri rodeado de la cuadrilla de obreros que ha desenterrado otro rincón del Egipto faraónico. Aficionado a los flashes y los titulares, Hawass recuerda que lo que aún resulta invisible a los ojos debe alumbrar nuevas maravillas. «Solo el 30% de nuestros monumentos han sido descubiertos. Hay un 70% que aguarda bajo las arenas», concluye.

Artículo: Francisco Carrión