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En el antiguo Egipto la realeza se consideraba la base de la civilización. El rey, figura que ejemplificaba el orden, transmitía seguridad, paz y justicia. El mantenimiento del orden universal recaía así en esta figura real. Los festivales celebrados por esta civilización eran un ejemplo de reafirmación del mantenimiento del orden, pues su idea del universo era el de un ente sin cambios desde el momento de la creación.

La idea de la vida eterna es la base de su religión, negando así la realidad de la muerte. De esta manera entendían que el cuerpo deja de funcionar, pero la vida seguía, paradójicamente, sin separarse de él, pues la personalidad de los seres humanos necesita de las dos cosas. Se logrará la vida eterna si ambos permanecen unidos. De esta idea nace la momificación y la escultura egipcia como herramienta para mantener el cuerpo, lo material. En esta construcción cultural al rey le fue adjudicado el papel de dios encarnado, consiguiendo así unir a la sociedad con la naturaleza.

El arte muestra el proceso de cambio en el concepto de la realeza egipcia. En un principio, en el llamado período predinástico, no aparecen pintados ni reyes ni jefes. Sin embargo, llegada la unificación de Egipto y el inicio del período de la existencia de los faraones, el rey aparece como representante de la comunidad. Además, es representado en una escala/tamaño que nos transmite su posición dominante en la escena.

Además, la comunidad ya no se transmite como un conjunto de figuras, olvidándose intencionadamente, centrando todo acto en el faraón, que se lleva así todos los méritos. Todo ocurre gracias a él, ya que es invencible, inatacable e intocable. La victoria en guerra se convierte así en una manera de eliminar el caos y volver al orden preestablecido.

Artículo: Antía Martínez Abal / Alberto Fernández Boo

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