Con el nacimiento del Estado egipcio sobre el año 3100 a.C. surgen diversas necesidades a nivel estatal y entre ellas, y casi las más importante, la de mantener un control efectivo sobre el territorio del recién unificado país con el fin de controlar los recursos que en última instancia eran propiedad del faraón.

Aparecen de esta forma una serie de provincias o distritos conocidas como “nomos”, del griego “Νομός” que significa “distrito”. Los egipcios las llamaban “sepat”, y estaban gobernadas por un “heka het” o gobernador de la provincia. Situadas a ambos lados del Nilo y en el delta, tradicionalmente su número fue de 22 en el Alto Egipto (desde Elefantina a Menfis) y 20 en el Bajo Egipto (delta).

Cada nomo contaba con su propio nombre, capital, emblema distintivo y divinidad protectora.

La historia de los nomos va ligada inexorablemente a la del propio Egipto, hasta el punto de ser incluso protagonistas o al menos responsables de las derivas históricas acontecidas durante los 3000 años de existencia de la civilización egipcia.

Si bien en los albores de la historia egipcia el poder central ejercido sobre los nomos fue bastante laxo e ineficaz, debido principalmente a la itinerancia de los distintos gobernadores los cuales pasaban temporadas gestionando la provincia para luego volver de nuevo a la capital, con la llegada del Reino Antiguo (circa 2686-2125 a.C.) y de los grandes proyectos de Estado (construcción de pirámides) se necesitó de un flujo constante y regulado de recursos, lo que llevó a los faraones de la V dinastía a designar nomarcas estables y de su completa confianza para gestionar la provincia.

Artículo: José Antonio Moya Vargas

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