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Los ”cazatesoros” andaluces de Egipto

La colina de Qubbet el-Hawa es una suerte de montaña mágica. Hace 4.000 años los gobernadores de Elefantina agujerearon sus entrañas en busca del descanso eterno con las mismas ínfulas de los faraones a los que servían. Plantado en la orilla izquierda del Nilo, el montículo esconde una colosal necrópolis que un equipo de arqueólogos españoles destripa con la precisión de un bisturí. «Me ofrecieron la oportunidad de excavar la colina y no me lo pensé: hay cosas que solo pasan una vez en la vida», dice Alejandro Jiménez, doctor en Historia Antigua y jefe de la excavación.

Es primera hora de la mañana. El sol no concede tregua a los investigadores y la cuadrilla de obreros que se despliegan por el yacimiento, situado frente a los barrios del norte de Asuán, 900 kilómetros al sur de El Cairo. La aventura -abanderada por la Universidad de Jaén- nació en 2008 en la tumba QH33, en cuya oquedad aún continúan hoy parte de los trabajos. «Es un enterramiento que no deja de sorprendernos», relata el mudir (director) mientras deambula por el monumento de ennegrecidas paredes. «Su autor se adelantó varios siglos a los arquitectos griegos clásicos. Está tallado milimétricamente en la roca. Se construyó hace 3.800 años pero fue reocupado posteriormente. A finales del siglo VI a.C. los saqueadores quemaron las momias del interior».

En su todavía incierta geografía fueron enterrados los gobernadores de Elefantina Heqaib III y su hermano y sucesor, Ameny-Seneb (1810 -1790 a.C.). La búsqueda del cuerpo de Ameny-Seneb desvela a Jiménez. Sueña con hallarlo al final del pozo norte, un hoyo de 12 metros de profundidad horadado en la piedra al que los restauradores bajan atados y protegidos con casco como si se tratara del «descenso de una escalada».

Durante las últimas campañas, la retirada de la arena ha ido desvelando sus secretos. Y, avanzada la mañana, el equipo rescata de la fosa las momias de Psamético -envuelta en kilos de vendaje y resinas- y Nesepaper, hecho trizas. «Los ataúdes son más frágiles que un hojaldre: se desmoronan con solo tocarlos», comenta Jiménez al borde del precipicio. «Cruzo los dedos para que la cámara funeraria del gobernador Ameny-Seneb salga intacta. Solo nos quedan entre tres o cuatro metros de arena y sospechamos que hay sepultadas al menos tres personas, dos mujeres y el gobernador».

La tumba, una de las 60 que salpican el promontorio, es un filón para estos egiptólogos. «Alrededor de 300 personas llegaron a ser enterradas aquí. Hemos tenido una suerte increíble porque hemos localizado hasta cuatro cámaras intactas. Y eso es muy raro», insiste Jiménez.

Extramuros, la jornada de excavación avanza sin sobresaltos. Un trajín de espuertas y carretillas cargadas de arena va abriendo paso al tiempo y sus misterios. En la zona norte de la excavación, el antropólogo forense Miguel Botella escudriña la osamenta de una tumba recién descubierta. «Es el esqueleto de una mujer de más de 50 años. Por estas marcas sabemos que había parido», expone Botella, quien durante siete campañas ha reunido testimonio óseo de una existencia menos potentada de lo que suscitan el recuerdo de los faraones . Así, ha desenterrado una larga retahíla de patologías que incluyen enfermedades infecciosas como la fiebre de Malta, tumores, artrosis o anquilosis de miembros.

En la parcela contigua, Eva Montes capitanea a los obreros que descubren un pavimento de adobes mientras aguarda la misión que más le apasiona: examinar las semillas del antiguo Egipto que han conquistado la eternidad. «Es un clima tan seco que se conservan tal cual. Han aparecido cereales, leguminosas, trigonella y hasta pepitas de uva. Nos sirven para reconstruir la agricultura de la época», detalla la carpóloga.

Una de las tareas más laboriosas es la que, en la sala de columnas de la tumba QH33, desarrolla Teresa López-Obregón. Por sus manos pasan los objetos que precisan de inmediatos cuidados intensivos. «Hay ataúdes y piezas de madera totalmente huecos. Las termitas se lo comen todo salvo las zonas pintadas que contienen arsénico», apunta la restauradora. Una vez salvadas, estas pequeñas joyas alcanzan el escritorio anejo donde el egiptólogo sevillano Antonio Morales descifra sus jeroglíficos. «Los textos pueden proporcionar el nombre del difunto y su procedencia, además de sus preferencias religiosas o sus creencias en el inframundo», señala el epigrafista, encargado además de recomponer los ataúdes o las cajas de ajuar funerario a partir de decenas de pequeñas porciones.

El reloj está a punto de marcar las dos de la tarde y la faena llega a su fin. A unos metros de la QH33, Vicente Barba recoge los bártulos sin perder de vista la pila de restos de cerámica copta arrojada durante los siglos VI y VII d.C. desde un monasterio cercano. «Este yacimiento es una pequeña Pompeya», susurra. «Todo ha quedado fosilizado, detenido en el tiempo».

Artículo: Francisco Carrión.