Los canales astronómicos de la Gran Pirámide

A lo largo de los años se ha difundido la equívoca consideración de las pirámides como simples complejos funerarios pero, ciertamente, estas construcciones estaban habilitadas para la práctica de diversas funciones.

Valga el ejemplo de las catedrales y monasterios que, además de su función espiritual y dedicación al culto sagrado, a la enseñanza, codificación y difusión de la religión y vehículo de la cultura, también han servido como mausoleo y panteón real, destacando casos tales como los del madrileño monasterio de San Lorenzo del Escorial, destinado a lecho eterno de los monarcas españoles, o la abadía londinense de Westminster, en la que se coronan y yacen los soberanos del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Al tiempo que estos recintos funerarios constituyen lugares de oración y recogimiento, las pirámides egipcias estaban acompañadas por templos funerarios (los templos del valle y los templos solares) donde se rendía tributo y veneraba el alma divina del faraón difunto, a modo de culto a los ancestros. En su carácter altamente sagrado, las pirámides no servían simplemente como lugar de sepulcro, sino como auténticas “máquinas de resurrección” en las que, como hemos visto en el anterior número de Egiptología 2.0, parece que se celebraban los ritos de apertura de la boca para permitir al difunto la respiración y la ingesta de alimentos en el más allá. Y también como mansión del Dios, sus inmediaciones eran concebidas como necrópolis de los cortesanos y personajes relevantes, del mismo modo que los camposantos cristianos se erigen a la sombra de las iglesias, edificaciones que no son sino la representación de la tumba del hijo de Dios: no en vano, los altares se orientan hacia el este (en la dirección de Jerusalén, ciudad en la que fue enterrado Jesús de Nazaret) en la cabecera de una estructura con planta de cruz latina (instrumento de la pasión). Desde esta perspectiva, una pirámide, aparte de sepulcro, constituye también un recinto sagrado en el cual se van a desarrollar otras funciones propias del sacerdocio. Y, en el caso del antiguo Egipto, entre estas funciones parece que se halla la observación astronómica.

Para la idiosincrasia egipcia, las estrellas se desplazan en el cielo siguiendo un canon establecido por la divinidad, que los sacerdotes debían estudiar a fin de, mediante la vigilancia del calendario, conocer el momento exacto en que se debían llevar a cabo las labores agrícolas. La crecida del Nilo coincidía así con la aparición en el firmamento de la estrella Sirio, indicando igualmente el principio de la estación de la inundación. Por este motivo, en la civilización egipcia no hay un oficio dedicado en exclusiva a la astronomía. Realmente, los astrónomos pertenecían a un grupo de sacerdotes especializados en la observación de los astros, llamados “sacerdotes horarios” (imy wnwt) (Sánchez Rodríguez; 2000:22), fácilmente reconocibles por su túnica azulada sobre la cual se perfilan estrellas de cinco puntas, en un atuendo que nos recuerda a la iconografía medieval del mago Merlín, célebre coprotagonista de las leyendas contenidas en el ciclo artúrico.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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