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¿Qué pasa si se descubren unas portentosas ruinas arqueológicas pero, por avatares de la historia y la naturaleza, están sumergidas bajo el agua? ¿Se dejan reposar allí para siempre, condenadas a deteriorarse progresivamente y con acceso sólo para los expertos?

Así era hasta ahora cuando el yacimiento era demasiado grande para rescatarse. Pero eso podría cambiar. Y es que ya hay un proyecto concreto para un lugar concreto. Me refiero a la ciudad egipcia de Alejandría, cuyo casco antiguo se hundió en la bahía tras un devastador terremoto ocurrido en el año 365 d.C. Los temblores se llevaron por delante una cuarta parte de la ciudad, incluyendo la famosa biblioteca y el palacio de Cleopatra, y matando a unas cincuenta mil personas. Otros seísmos posteriores continuaron demoliendo la urbe; el célebre faro, por ejemplo, se vino abajo a causa de los dos acaecidos en los años 1303 y 1323.

Dos milenios después, aquella parte del Mediterráneo en la que también se hundieron Heraklion y Canopo o en cuyas inmediaciones se situaba la bahía de Abukir, escenario de una de las victorias navales más espectaculares de Nelson, fue localizada e investigada por los arqueólogos, que en sucesivas misiones subacuáticas a partir de los años sesenta fueron sacando a flote multitud de obras de arte: estatuas, capiteles, columnas, pecios… El grueso, sin embargo, permanecía en aquel mundo silencioso y semioculto.

A principios de los noventa, el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto tomó medidas para proteger de la erosión la ciudadela de Quait Bey, situada en la bahía oriental, colocando asi dos centenares de bloque de cemento a lo largo del perímetro sin sospechar que lo estaba haciendo sobre los restos del Faro de Alejandría. En 1997 se descubrió lo que pasaba y se procedió a cartografiar la zona, con el resultado de encontrar un yacimiento enorme, de 2,5 hectáreas y unos 2.500 elementos arquitectónicos que incluía el palacio de los ptolomeos.

Surgieron entonces los primeros planes para conservar aquello de forma integral y habilitarlo como museo arqueológico subacuático, caso de la recomendación de la UNESCO de 1998 de hacerlo en torno a la fortaleza de Quait Bey protegida como Patrimonio Mundial o la propuesta del arquitecto francés Jacques Rougerie. Pero la agitación político-militar de la región obligaron a posponerlos durante años, hasta que en 2006, el organismo internacional se reunió con el Ministerio de Cultura de Egipto para abordar de nuevo la idea.

La cosa parece ir tomando forma y el proyecto de Rougerie vuelve al candelero. Ocuparía unos 22.000 metros cuadrados y tendría una parte en tierra y otra bajo el agua de la bahía, en la cual se construiría un edificio futurista con la forma de cuatro falucas, los típicos barcos de vela latina que navegan por el Nilo. Ambas partes quedarían conectadas mediante túneles transparentes de fibra de vidrio que permitirían contemplar las ruinas a los visitantes a unos 7 metros de profundidad. Para ello será necesario limpiar las turbias aguas de la bahía o transformar ésta en una laguna artificial.

Se le calcula al complejo una capacidad para 3 millones de personas anuales, lo que pone en el tapete el beneficio económico que supondría en turismo, especialmente tras el desastre que ha supuesto la Primavera árabe en ese sentido. Claro que no será la única ventaja. Un lugar así serviría para facilitar a las autoridades la protección adecuada de esos tesoros artísticos y poner fin al constante saqueo de antigüedades.

Si finalmente se encuentran financiación y tranquilidad sociopolítica suficientes para llevarlo a cabo, se perfila un nuevo, fascinante y espectacular destino turístico para marcar en la agenda.

Artículo: Jorge Álvarez.