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Desde la unificación de Egipto, hasta que Cleopatra VII se quitó la vida con la supuesta mordedura de un áspid, los todopoderosos faraones estuvieron acompañados en el trono por las Grandes Esposas Reales.

Estas damas, en su mayoría nacidas en el propio Egipto, eran de origen noble e, incluso, real. Y aunque el cuento de la Cenicienta nació ya en el antiguo Egipto, la realidad distaba mucho de ser tan romántica y fantástica. Como en cualquier monarquía hereditaria a lo largo de la Historia, el matrimonio de los reyes y reinas del país del Nilo no estaba motivado por el amor, sino por la necesidad de engendrar un heredero legítimo. No obstante, la de ser madres no era la única función que desempeñaban las reinas egipcias.

La antigua sociedad egipcia tenía una estructura piramidal, en cuya cúspide se encontraba el faraón. Justo por debajo de él, y muy lejos de la base formada por campesinos y esclavos prisioneros de guerra, estaba la familia real.
Dentro de ella, las mujeres de la realeza eran importantes en tanto en cuanto estaban emparentadas de alguna manera con el rey, ya fuesen madre, esposa, hermana o hija suya; a excepción de los pocos momentos en que una mujer alcanzó el trono en solitario como reina-faraón. Esto, no obstante, era considerado una alteración de la Maat u Orden, del mismo modo que lo hubiera sido un faraón sin reina.

Para evitar que las fuerzas del Caos se apoderasen de Egipto, los egipcios creían que lo correcto era tener un faraón masculino en el trono, que sirviera como intermediario entre el mundo de los dioses y los humanos, acompañado de una Gran Esposa Real, que desempeñase funciones rituales en el templo para ayudar a mantener el Orden.

Artículo: María Isabel Cubas Contreras

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