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La mujer egipcia disfrutó de una libertad que pocas en la Antigüedad tuvieron. No obstante, su principal objetivo en la vida era casarse jóvenes y tener hijos; su lugar de trabajo fue fundamentalmente la casa, ya fuese una rica villa o una humilde casita urbana. De ahí, por ejemplo, la diferenciación de colores en las representaciones masculinas y femeninas: la mujer suele ser más pálida que el hombre, como señal de su menor exposición a los rayos del sol.

Cuando una antigua egipcia se casaba, generalmente después de su primera menstruación, comenzaba a ser conocida por el título de Señora de la casa (nebet per, en egipcio). Entonces adquiría una serie de obligaciones, además de la de procurar una numerosa descendencia a su cónyuge, para mantener bien organizado su hogar, mientras el marido trabajaba fuera. En las Instrucciones de Any se aconseja al marido lo siguiente:

No controles a tu esposa en su casa, cuando sabes que es eficaz; no le digas: << ¿Dónde está esto? ¡Cógelo!>>. Cuando ella lo ha puesto en el lugar correcto. Que tu ojo observe en silencio, entonces reconocerás su habilidad.
Podríamos decir, por tanto, que Señora de la casa es nuestro equivalente a ama de casa; y aunque muchos no consideren a éstas verdaderas trabajadoras, sin duda es uno de los trabajos más difíciles y poco reconocidos que han existido en la Historia.

Pero no debemos pensar en la egipcia como una mujer recluida en ciertas habitaciones del hogar, como ocurría en otras civilizaciones, sino que, al igual que hoy en día, podía salir de su casa y tener un trabajo extra que aportase un beneficio económico a su familia, especialmente entre las clases menos favorecidas.

¿Cómo era el entorno de una egipcia? Esto dependía de su posición social. El hogar del matrimonio podía estar situado en una urbe grande y cosmopolita como Tebas o Per Ramsés, en una pequeña aldea o ciudad, o en el campo, independientemente de su estatus social; lo que variaba significativamente era el tamaño y lujos con que estuviera construido el hogar propiamente dicho.

Incluso podemos hablar de varios lugares de residencia en el caso de los más acaudalados, que podían tener una mansión en la ciudad y una lujosa hacienda en la campiña, donde relajarse.

Artículo: María Isabel Cubas Contreras.

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