Las aguas turbias de las memorias: el arte de olvidar con Damnatio memoriae en Kemet

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Una de las características más definidoras del ser humano es su necesidad de apropiación por el entorno. Ante una comunidad, debe sentir que es un sitio seguro, que garantiza su supervivencia.

Una vez fijada, esta colectividad de individuos se apropia del espacio, lo convierte en suyo. Al mismo tiempo, lo habita, lo transforma, lo modifica y lo moldea a su voluntad.

Esto sucede no solo con el territorio, sino también con el paisaje natural, que al poco tiempo se convierte en parte integrante de esta comunidad.

Nosotros necesitamos de algo específico y físico, para sentir que pertenecemos a determinado grupo -aunque sean meras emociones o momentos- necesitamos de una tierra con la cual nos identifiquemos, de una casa que podamos llamar morada, de un círculo social en el que nos podamos integrar, de un núcleo familiar que nos proporcione cariño y atención. Concluyendo, necesitamos siempre de algo que podamos llamar “nuestro”.

Al mismo tiempo, tenemos necesidad de crear cosas para que nuestra memoria perdure después de la muerte. Es por eso por lo que el hombre construye monumentos, manda erigir templos, se embarca en aventuras y viajes, creyendo que, algún día, hablarán de ello o que se van a narrar sus hechos. Y de verdad que lo consigue. Los escritos de Homero, Hesíodo, Virgilio o Camões, son la prueba de todo ello.

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano viene dejando su marca como herencia de una vida bien vivida en la tierra. Las construcciones monumentales, además de una demonstración del poder por parte de los monarcas, también son una manera de dejar parte de la persona en el plano físico, después de proseguir con su viaje eterno hasta el Más Allá.

Esta no es una concepción meramente egipcia, es un común en todas las civilizaciones de la Antigüedad hasta nuestros días. Los reyes, emperadores y estadistas lo hicieron siguiendo siempre la misma premisa: la de preservar su existencia.

Artículo: Cláudia Barros

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