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La XXV dinastía egipcia, la llamada dinastía kushita (751-656 a.C.), es la última que se desarrolló durante la fase cronológica del Tercer Periodo Intermedio (1069-664 a.C.), contemporáneamente a la XXIII dinastía (818-715 a.C.) y a la XXIV dinastía (727-715 a.C.). Esta dinastía estuvo formada por cinco monarcas (Piy, Shabaqo, Shabitqo, Taharqo y Tanutamani), y se basó en la dominación del reino de Kush (así llamaban los egipcios al reino de Napata, en la antigua región histórica de Nubia, en lo que hoy es Sudán) sobre el reino egipcio, muy fragmentado y debilitado políticamente durante los siglos que duró el Tercer Periodo Intermedio. La base fundamental del gobierno kushita en Egipto fue el dominio militar. Gracias a las intensas relaciones entre el rey y su ejército a lo largo de toda la dinastía, los reyes kushitas pudieron controlar militarmente Egipto durante más de 80 años, puesto que eran incapaces de controlar políticamente una extensión tan grande como su tierra nativa y un reino egipcio unificado. Debido a esto, los principados que habían gozado de una gran autonomía durante la época de los faraones libios la conservaron, de tal modo que ciudades como Tanis o Sais siguieron gobernadas por príncipes locales sometidos a la administración descentralizada kushita.

Después de afianzar su dominio político sobre toda Nubia, con reconocimiento de su autoridad por parte de los egipcios incluido, el soberano kushita Piy (751-720 a.C.) llevó a cabo una expedición militar en Egipto en torno al año 730 a.C. con la excusa de ayudar al príncipe Peftjauawybast (dinastía XXIII) de la ciudad de Heracleópolis, asediada por la coalición formada por el príncipe Tefnakht de la ciudad de Sais y el príncipe Nimlot de la ciudad de Hermópolis. A medida que Piy fue avanzando, la mayoría de las ciudades egipcias a lo largo del río Nilo fueron capitulando excepto Menfis, que tuvo que ser tomada al asalto. Lejos de querer destruir sus tradiciones culturales, Piy no solo no saqueó y profanó los templos egipcios, sino que adoró a los dioses de Menfis y Heliópolis, tras lo cual recibió el homenaje de los soberanos provinciales y fue reconocido como rey de Egipto y Kush. Este nombramiento no implicó la unión política de Egipto, puesto que en el norte se permitió (al menos durante el resto del reinado de Piy) que los dinastas locales conservaran el control de sus provincias.

Artículo: Heródoto de Halicarnaso

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