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En el antiguo Egipto la figura del faraón estaba por encima del resto de la sociedad; además era considerado una divinidad, al ser la encarnación en la tierra del dios Horus. El faraón lo gobernaba todo, y todos debían responder ante él.

Pero no dejaba de ser un hombre mortal, y cuando moría siendo su sucesor aún un niño se imponía como solución práctica para evitar problemas la regencia, de modo que el gobierno fuese llevado por un adulto. No obstante los egipcios, precavidos, en lugar de dejar esta regencia en manos de otro hombre de la familia que pudiese sentirse legitimado para reclamar el trono, optaron por dejar la regencia en manos de la madre del rey. Su condición de mujer le impediría aspirar legítimamente al trono de Horus, que siempre, según la mentalidad egipcia, debía estar regido por un faraón masculino, desposado con una Gran Esposa Real, la reina, que le diera un heredero. Así lo establecía Maat, diosa del Orden.

El primer caso de regencia en el antiguo Egipto lo encontramos ya en la I dinastía. A la muerte del rey Uadyit (Dyet) le sucedió su pequeño hijo Udimu (Den), cuya madre, Merneith, actuó como regente.

Merneith (o Meritneith) era hija, esposa y madre de reyes, siendo su padre muy probablemente el rey Dyer. Su nombre significa “Amada de Neith” una diosa del Bajo Egipto. Como regente de su hijo, Merneith se convirtió, en la práctica, en la primera mujer de la historia de Egipto en hacerse con las riendas del poder, aunque solo fuese desde la regencia, y fuese el nombre de su hijo el que figurase en todos los documentos oficiales y no el suyo.

Artículo: María Isabel Cubas Contreras

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