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“El de la piel argéntea”

La historia es inconstante, voluble, tan caprichosa que no tiene ningún reparo en que dos hechos análogos, y altamente significativos, se sucedan en un corto espacio de tiempo.

Pero, mientras uno de ellos adquirió fama internacional, otro pasó totalmente desapercibido.

El cuatro de noviembre de 1922 Howard Carter realizaba uno de los hallazgos más importantes de la Arqueología, el cual, le llevaría a ser conocido mundialmente, más bien habría que decir que les llevaría a ambos, al descubridor y al descubierto, además de marcar  el resto de la carrera y de la existencia del investigador.

Casi veinte años después, el 21 de febrero de 1940, el arqueólogo francés Pierre Montet, localizaba el enterramiento de un monarca cuyo reinado se instauró a finales del siglo XI a. C.

El gran imperio egipcio hacía agua.

El último gran rey, que no de la Dinastía, Ramsés III (1186-1155 a. C. aprox.), había conseguido defender sus territorios de los ataques de ese conglomerado conocido como “Pueblos del Mar”.

Sin embargo, al final de su vida no pudo refrenar las continuas intentonas de conspiración, alguna de ellas proveniente de su propia familia, y que, dicho coloquial mente, muy posiblemente le condujo a la tumba.

Pero antes del descanso eterno, tuvo que hacer frente a cosechas nefastas, dificultades comerciales, la primera huelga conocida y recogida en los anales, diferentes desórdenes que encaminarían a la perdida de influencia en los territorios asiáticos, etc.

El futuro no era nada halagüeño, pues con sus herederos, Egipto, aquél territorio vigoroso y antaño orgulloso de sí mismo, fue declinando poco a poco, sin que los sucesivos gobernantes fueran capaces de hacer frente a la corrupción, la violencia y el expolio.

El caos reinante era tal que los mercenarios, contratados y utilizados una vez para defender la tranquilidad, la justicia, el orden, la Maat, se volvieron contra sus señores, saqueando los templos que debían proteger.

El horizonte se tornaba sombrío, puesto que a la sucesión de revueltas e inestabilidad social se sumaría un movimiento mucho más tenebroso, más inquietante, intrigas que se habían estado fraguando a la sombra de la ineptitud mostrada por un monarca, y otro, y otro, agazapadas, esperando el momento oportuno para dar el zarpazo mortal, y éste no era otro que el deseo de los grandes prebostes y señores, poseedores de una posición de gran poder, de dar un bocado y arañar una porción de territorio, de terreno egipcio con el que convertirse en reyezuelos.

Artículo: Hipólito Pecci Tenrero