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Las maravillas del Antiguo Egipto continúan fascinando al mundo, más de tres mil años después. Cuando todavía nos preguntamos acerca de sus técnicas de construcción, sus sofisticados cálculos, sus conocimientos y su forma de vida, nos rendimos a la contemplación de algunos de sus espectaculares templos, entre los cuales encontramos Abu Simbel, el gran templo de Ramses II.

Y es que esta impresionante edificación, excavada en la piedra -en realidad su nombre original significa algo así como Montaña Pura-, situada junto a la frontera de Sudán, a unos 300 kilómetros de Asuán y mil de El Cairo, se alía dos veces al año con el sol, reivindicando la autoridad de los dioses sobre el hombre.

Así, puntualmente, cada 22 de febrero -y también el 22 de octubre-, tras el amanecer, la luz del sol se desliza sigilosamente por las rendijas de la puerta del templo e ilumina el rostro del faraón, para alcanzar después a los dioses Ra y Amón, situados a su izquierda y derecha, respectivamente. Curiosamente, la cara de la única divinidad que permanece en la penumbra es la de Ptah, el dios de la Oscuridad… La imagen, que se prolonga durante unos 20 minutos, es descrita por quienes han contemplado la estampa como “increíble, bella, casi mágica”.

Las fechas en las que el sol continúa entrando en lo más profundo del santuario principal de Abu Simbel no son casuales. En realidad, coinciden con dos momentos cruciales en la vida de Ramses II, el rey guerrero, -un faraón obsesionado por construir templos gigantescos y espectaculares-: elaniversario de su muerte y del de su coronación.

Hoy, ante tal obra de ingeniería, uno se siente profundamente admirado por su precisión. Aunque en el pasado el fenómeno tenia lugar un día antes -el 21 de febrero y el 21 de octubre, es decir, 60 días antes y después del solsticio de invierno-, el desplazamiento del Trópico de Cáncer durante los últimos 33 siglos y el traslado del templo han llevado consigo un pequeño descentramiento.

Si la construcción de Abu Simbel es casi un milagro, el traslado de los templos, a mediados de los años 60, podríamos considerarlo el segundo de ellos. Y es que la labor de los ingenieros de la Unesco logró salvar un conjunto de monumentos nubios condenado a desaparecer en el fondo del lago Naser, tras la construcción del la presa de Asuán.

Durante cuatro largos años de trabajo de técnicos y especialistas de todo el mundo, se consiguió cortar la roca de los templos en más de mil bloques y numerarlos para poder recolocarlos uno a uno en la nueva ubicación, a salvo del agua, a unos 200 metros de su enclave original y unos 70 metros más elevados.

La intervención fue, a vista de los resultados, todo un éxito, por lo que gracias a ella, hoy, por designio de los dioses, esta ceremonia casi sagrada se repite.

Artículo: Magda Bigas