La IV Dinastía egipcia (2613 – 2494 a.C.) fue la segunda que se desarrolló durante la fase cronológica del Reino Antiguo egipcio (2686 – 2125 a.C.), uno de los tres grandes periodos en los que se dividió la mayor parte de la historia de la civilización del Nilo. Fue una dinastía formada por seis reyes (Esnefru, Khufu, Djedefra, Khafra, Menkaura y Shepseskaf) que destaca por haber acogido en su desarrollo temporal alguna de las construcciones más importantes y famosas del antiguo Egipto, como las pirámides de Guiza o la Esfinge.

Estas maravillas antiguas no podrían haberse realizado si durante el Reino Antiguo Egipto no hubiera experimentado el largo e ininterrumpido periodo de prosperidad económica y relativa estabilidad política que disfrutó. El Egipto de la IV Dinastía, y el de todo el Reino Antiguo en general, era un Estado centralista gobernado por un rey que se creía dotado de poderes sobrenaturales cualificados, aunque administrado en la práctica por una élite política alfabetizada. Además, Egipto gozaba de una casi completa autosuficiencia productiva y seguridad dentro de sus fronteras naturales, y no tenía aun rivales externos que amenazaran su dominio sobre el noreste del continente africano.

Esnefru, también conocido como Seneferu, fue el soberano egipcio que inauguró la era de esplendor del Reino Antiguo egipcio. Aunque se tiene muy poca información histórica de su amplio reinado (2613 – 2589 a.C.), podemos destacar que Esnefru, a diferencia de sus sucesores, fue recordado como un faraón modélico. Desgraciadamente, no contamos con ninguna fuente de conocimiento contemporánea sobre su reinado, por lo que tenemos que recurrir a fuentes posteriores como la Piedra de Palermo (200 años posterior a Esnefru) y el papiro Westcar (700 años posterior a Esnefru) para reconstruir su vida.

Artículo: Heródoto de Halicarnaso

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