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La historia que nos intentaron ocultar: Hatshepsut, la mujer faraón

En este artículo intentaremos visibilizar la figura de una mujer que llegó a ser faraón del antiguo Egipto, Hatshepsut. Buscamos interpretar las relaciones de poder existentes en aquel momento que propiciaron que una mujer ascendiese al trono, rompiendo las relaciones de subordinación patriarcal de la mujer al hombre.

Sin embargo, es necesario contextualizar por qué aludimos a Hatshepsut como faraón y no como reina-faraón o faraona. En el antiguo Egipto el título de reina no existía, puesto que las soberanas ostentan, entre otros, el título de gran esposa real y esposa del dios, es decir, la esposa del rey. En ningún caso podemos aludir a ellas como reinas, pues carecen de poder de decisión y solo tienen funciones rituales. De hecho, el título más parecido al de reina en la Antigüedad era de Regente del Sur y del Norte, que alude a un poder temporal no confirmado. Un dato interesante es que el poder es transmitido de forma matrilineal dándoles cierto poder a las grandes esposas reales en las relaciones patriarcales, pues son las que darán legitimidad al sucesor.

Hatshepsut reinó veintiún años y nueve meses, desde 1479 al 1457 ANE. Si Hatshepsut naciese niño, el poder recaería sobre ella directamente, ya que era la hija legítima de Tutmosis I y la Gran Esposa Real, Ahmose. Sin embargo, en Egipto se excluía a las mujeres de la sucesión al trono, “por el hecho de que una mujer faraón era contrario al orden universal” (MARIE, R.; HAGEN, R.; 2005: 123). Es decir, el gobernante de Egipto debía ser un hombre, un diosrey, el faraón.

Poniéndonos en antecedentes al inicio de su reinado como faraón, Hatshepsut se vio obligada a casar con el faraón Tutmosis II que, a su vez, era su medio hermano. Pronto enviudará pues a los tres años de reinado fallece dejando como sucesor al hijo de una esposa secundaria y no a la heredera legítima, también una mujer, fruto del matrimonio con Hatshepsut.

Artículo: Alberto Fernández Boo y Antía Martínez Abal

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