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Cuando, durante la segunda mitad del siglo XVI a.C., Amhosis acaudilló sus fuerzas río abajo, hacia el Delta, con el objetivo de expulsar a los extranjeros que allí se encontraban asentados, en lo que se ha dado por denominar la “Guerra de Liberación”, ponía fin a más dos siglos y medio, aproximadamente, de presencia hicsa en el Bajo Egipto, y con ello concluía, y ponía el colofón, a la obra tan anhelada por los príncipes tebanos, que, desde el maltrecho Sequenenra Taa, padre del fundador de la XVIII dinastía, o Kamose, su hermano, habían soñado con volver a unir todo el Valle, el Alto y Bajo Egipto, bajo la égida de un solo monarca, cuya cabeza coronaría de nuevo la Doble Corona, como sinónimo de su poder sobre Las Dos Tierras.

A partir de ese momento, y durante unos cinco siglos aproximadamente, “El Don del Nilo” iba a alcanzar el clímax como cultura, su éxtasis como civilización y como gran potencia en la zona, para, luego, languidecer poco a poco, hasta convertirse (hecho conocido por todos gracias a “Marco Antonio y Cleopatra” de Shakespeare o a la inolvidable actuación de Elizabeth Taylor, entre otras obras) en una más de las provincias romanas.

Esos quinientos años marcaron los estudios de la historia egipcia, pues han sido, y son, el período más conocido de su dilatada existencia, etapa idolatrada, admirada y fascinante, tanto para los investigadores profesionales, como para los aficionados, de tal forma que personajes como Akenatón, Nefertiti, Hatshepsut, Nefertari, etc. han llenado, y llenan páginas y páginas de libros, revistas, documentales, películas, etc.

Sin embargo, para alcanzar este esplendor, esta magnificencia, y al igual que todo ser vivo, obtener y lograr esta madurez, para, posteriormente, sumirse en un invierno que conduciría a un final inevitable, de la misma forma, es necesario un origen, un principio que asiente gradualmente, lentamente, las bases de esta futura suntuosidad, de la fastuosidad del arte egipcio, y, aunque no tan deslumbrante en lozanía, no por ello menos interesante, y no por ello hay que dejarlo de lado, ya que estos comienzos supondrían el germen de lo que más tarde sería el grandioso Egipto.

Artículo: Hipólito Pecci Tenrero

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