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La estela de madera de la dama de Taeshert se puede fechar entre 975 y 875 a.C., es decir, a finales de la dinastía XXI y comienzos de la XXII. El contexto original de este tipo de estelas se conoce mal, si bien parece que tuvo un uso funerario. Su utilidad en la tumba tendría una doble dimensión: por un lado, dejar constancia de la identidad del difunto; por otro, favorecer la perpetuación de esa identidad con el mismo estatus social que tuvo en vida y asegurar los favores de la divinidad o el suministro de los víveres necesarios en la otra vida.

La consecución de estos objetivos ultraterrenos era posible para los egipcios gracias a su concepción mágica de los espacios sagrados, en este caso la tumba, y del poder que concedían a las imágenes que, en este tipo de estelas, obedecían a un programa iconográfico establecido.

En el ”arte” egipcio, imágenes y textos forman una sola realidad regida por un lenguaje que se puede decodificar y leer. Es, por tanto, un ”arte” jeroglífico, generador de signos icónicos que representan el referente o parte de él. En el Antiguo Egipto, la situación de los personajes y sus relaciones obedecen a un orden de lectura de derecha a izquierda, orden preferente en la lectura de la escritura jeroglífica.

Así, en cualquier escena, el personaje más importante según el orden dios, hombre, mujer, aparecerá orientado hacia la derecha, en posición superior, sentado y recibiendo un homenaje u ofrenda del donante, que permanecerá de pie.

No es casual, por tanto, que el dios ocupe la izquierda de esta escena, mire hacia la derecha y esté sentado en un trono sobre una plataforma, más elevado que la mujer, de quien recibe una ofrenda. Además, hay un texto jeroglífico que alude a ambos, participando, a la vez, de la parte visual de la escena y de su mensaje.

Artículo: Sara López Caiz

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