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A principios del Siglo XV a.C., tras la muerte del faraón Tutmosis I, accedió al trono de Egipto Tutmosis II, quien estaba casado con su hermana Hatshepsut (“la más grande de las damas”). Poco tiempo duró su reinado, ya que murió sin más descendencia que un niño nacido de una concubina.

Hatshepsut, entonces, fue la encargada de ejercer la regencia del joven príncipe, pero al cabo de unos años su ambición de poder la llevó a aprovechar una serie de cambios dinásticos que le permitieron ser coronada como faraón, adoptando los atributos -la barba postiza y el tocado nemes- y los nombramientos de Rey del Alto y el Bajo Egipto y Señor de las Dos Tierras.

Hatshepsut era la hija primogénita del faraón Tutmosis I y de la princesa Ahmose y formaba parte de los tutmósidas, la dinastía XVIII, la primera que corresponde al período conocido como Reino Nuevo, momento de gran esplendor del Antiguo Egipto.

Cuando su hijastro Tutmosis III alcanzó la mayoría de edad ambos reinaron juntos, aparentemente sin grandes contratiempos dado que ella era quien ejercía realmente el poder.

Ocupó el trono durante veinte años en los que se vivió uno de los períodos de paz más largos de la historia de Egipto, gracias a lo cual la Reina se dedicó especialmente a expandir el comercio y a promover obras arquitectónicas; una de los grandes logros de su reinado fue la expedición a Punt, en la costa meridional del mar Rojo.

También se deben a ella la Capilla Roja del templo de Karnak y el templo de Deir el-Bahari, en cuyas paredes podemos apreciar una crónica de su reinado, iniciada con una versión mítica de su nacimiento, adjudicándole al dios Amón el haberla engendrado.

Artículo: Lucía Inés Merino

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