El niño: un personaje verdaderamente mágico, cautivante y fascinante en toda la Antigüedad. Con rasgos propios, los niños eran la esencia de cualquier civilización. En estos, residía y aún reside, toda la inocencia e ingenuidad de la Humanidad. Seres puros, con una imaginación fértil, sin límites, y una capacidad increíble de soñar, mitificar toda la realidad y embellecer todo lo que miran.

Estos nos muestran ante todo la dulzura de la infancia y nos demuestran que la magia puede existir realmente, dejándonos con envidia de estos tiempos de folía constante.
¿Pero desde cuando el ser humano deja de soñar y de creer en si mismo? En el momento en el que pasa de niño a adulto; en el momento en el que las obligaciones y deberes cotidianos empiezan a emerger en el horizonte. No se puede ser niño eternamente, pero es una fase de la vida que nadie olvidará.

Hasta el momento, conviene aprovechar al máximo y nunca borrar de la memoria esta etapa tan fabulosa, que además de todos los romanticismos, y con razón, se revela notable y muy preponderante en el desarrollo de cada uno.

En el antiguo Egipto el niño estaba visto como una bendición, una oportunidad concedida por los dioses para dejar descendencia. Tener una família numerosa era un deseo común, sintiendo la necesidad de tener a alguien en la vejez, para cuidar de cada uno de los progenitores, y capaz de asegurar la descendencia de la familia. Un hijo sería aquella oración escuchada por los cielos, que aportaría alegría a las casas egipcias, siendo símbolo de vida y futuro.

El niño era el encargado de eternizar la memoria de su familia, padres y familiares directos. Además de tener una misión biológica, también era ideológica. Los hijos eran los responsables de las tumbas y ofrendas de sus familiares, los cuales, ya en el Más Allá, deseaban dejar en el mundo terrenal una descendencia segura (Velasco Pírez, 2016).

Imaginar a los niños y niñas todos los días en las calles egipcias, corriendo por los mercados, en las orillas del Nilo todas las tardes, divertiéndose con sus juegos y bromas inocentes, indiferentes a la realidad, nos transporta a un escenario de inocencia e ingenuidad encantador. En la actualidad, cuando el viajante visita las tumbas menfitas o tebanas, o cuando contempla las estelas de Abydos, se deleita con los niños representados. Gracias a la iconografía que a llegado hasta nuestros días, sabemos que los hijos de pastores acompañaban a sus padres hasta el campo y los hijos de los funcionarios correteaban por las oficinas.

Artículo: Cláudia Barros