Sólo dos veces al año, el día 22 de febrero y el mismo día de octubre, los dorados rayos del sol en Egipto irrumpen dentro del majestuoso templo de Abu Simbel, directamente escarbado en la roca. Un fenómeno que produce gran expectación entre los turistas y loslocales que se congregan allí para ver en directo lo que ocurre.

Atravesando más de 60 metros de profundidad, el foco consigue iluminar durante unos minutos las caras de tres de las cuatro figuras que alberga el santuario: los dioses Ptah y Amón, el faraón Ramsés II y el dios Ra, de izquierda a derecha. No es un hecho casual, sino un producto de ingeniería como pocos otros.

El modesto rayo de sol color naranja que entra ilumina la cara de Ramsés II primero, pero también las de las divinidades que se sientan a su vera. A su derecha, el dios Amón (de la salud) y a su izquierda el dios Ra (del sol). La cuarta figura pertenece al dios Ptah (del inframundo) y es precisamente por este motivo que siempre permanece en la oscuridad.

Este antiguo edificio fue un encargó de Ramsés II, uno de los faraones más importantes de todo Egipto, en 1274 a. C. Se cree que las fechas en las que el sol ilumina su cara, conmemoran su nacimiento y el día de la coronación del longevo reinado que duraría 66 años.

Antes, el templo recibía luz en su interior los días 21 de febrero y 21 de octubre. A medianos de la década de los 60, con la construcción de la presa de Asuán en el lago Nasser, un grupo de ingenieros de la UNESCO tuvo que trasladar el santuario para evitar que quedara sumergido.

Su ubicación actual en la orilla oeste del río Nilo, hacia el sur del país, consigue producir el mismo prodigio lumínico, pero un día más tarde. Un nuevo emplazamiento que sigue acogiendo visitantes que no se quieren perder esta maravilla arquitectónica, combinación entre naturaleza y cálculo para producir un fenómeno así de espectacular.

Artículo: La Vanguardia