Hongos u orín de murciélago? Cuando la arqueología mundial empieza a prepararse para el centenario (en 2022) del descubrimiento más célebre de la arqueología, el de la tumba de Tutankamón, un nuevo misterio rodea al mausoleo. ¿Qué son esas manchas escampadas por todo el recinto?

Un equipo de especialistas del Getty Conservation Institute (GCI), poderosa organización cultural radicada en Los Angeles, emitió hace poco un informe en el que afirma que esos puntos oscuros que salpican las pinturas de la tumba real corresponden a hongos. De ser así, podría estar en peligro el estado de conservación de la fastuosa cavidad del Valle de los Reyes. ¿Qué hongos son? ¿Son nocivos para las maravillosas pinturas?

Sucede que esas mismas manchas ya fueron estudiadas en los años 90 por un profesor y químico barcelonés, Eduard Porta, que determinó que son orines de murciélagos oxidados, aunque también haya hongos.

En aquella época, la Egyptian Association of Antiquities (EAO) comisionó al experto catalán para investigar las condiciones de conservación de la tumba de Tutankamon de cara a su futura restauración. “Visité la tumba de Tutankamón varias veces, para discutir las necesidades de conservación y restauración de las pinturas y para preparar un programa sobre las acciones a realizar; primero, estábamos de acuerdo en que el tema más importante era conocer la composición y la procedencia de las manchas marrones que se ven por todas las paredes de la tumba. Esas manchas espeluznantes de color marrón son muy duras, sólidas, compactas y están bien adheridas a la pintura y las paredes originales, y presentan cristalizaciones sobre las pinturas cuando se observan con una lupa. Además, realizamos una prueba y nos dimos cuenta de que estas manchas eran extremadamente duras”. Las muestras fueron analizadas en los laboratorios de la Universitat de Barcelona, donde Porta era profesor.

Estas investigaciones fueron presentadas y publicadas en 1994 en un congreso de internacional sobre pintura egipcia en la Université Libre de Bruselas, por invitación de la Fundación Egyptologique Reine Elisabeth.

El científico también se preocupó de comparar el estado de la tumba en aquella época con las fotografías tomadas por los equipos del descubridor, Howard Carter, en 1922. Las manchas ya estaban, y fue el propio Carter quien dijo entonces que aquellas manchas eran hongos. Esta afirmación se ha ido replicando durante décadas por expertos y no tan expertos.

Hace ahora diez años, en 2009, el Supreme Council of Antiquities (SCA) egipcio, la máxima administración cultural del país, junto al instituto Getty, anunciaron el inicio de nuevos trabajos de restauración en la tumba de Tut. Porta les remitió su informe. Sin respuesta, pese a la buena relación que mantienen: durante seis años, Porta fue coordinador de la restauración de la tumba de Nefertari, esposa de Ramsés II, financiada por el GCI.

¿Entonces…? En un contacto por correo electrónico, el coordinador de la investigación del GCI, Neville Agnew, ofrece a este diario una escueta respuesta: “Gracias por su interés en la tumba de Tutankamón y las manchas marrones. Me disculpo por no poder, una vez más, explicar nuestra evidencia de la naturaleza fúngica de las manchas marrones”. Agnew cierra su mensaje diciendo que el Getty “no está interesado en continuar con el tema”.

La institución americana fue mucho más explícita en un informe que envió a Porta. De entrada, opinan que los rasguños y rayas en las paredes producidos por los murciélagos son distintos a los del resto de tumbas del Valle de los Reyes donde se acreditó su presencia. Lo mismo dicen de las manchas, que sólo en la tumba de Tutankamon son redondas, “característica del crecimiento de hongos”. Entre las sustancias aisladas, el GCI detalla “ácido málico, proteínas (principalmente aminoácidos glutámicos y aspárticos), carbohidratos (principalmente arabinosa y galactosa), calcio, sodio, pero no aniones inorgánicos”.

En su web, el Getty explica que en la última década ha estado haciendo “el estudio más completo de la tumba desde que se descubrió, lo que permitió comprender mejor cómo se construyó y decoró”, además de “desarrollar medidas para contrarrestar los riesgos actuales”. Su análisis químico y de ADN confirmó que “las manchas ya no eran un riesgo, pero no se eliminaron porque se descubrió que habían penetrado a través de la capa de pintura”.

Porta discrepa en este punto, y evidencia que los mamíferos alados habían escampado sus orines y excrementos antes de que se pintara la tumba. Tomó microfotografías que así lo demuestran.

Tutankamón murió accidentalmente a los 19 años hacia el 1300 aC, de modo que su gobierno no tenía preparada todavía una cámara funeraria. Esta, un conjunto de apenas cuatro estancias, y una de las más pequeñas del Valle de los Reyes, se habilitó a toda prisa cuando murió.

“¿Que hay hongos en la tumba? Seguro”, admite Porta, “los hongos viven en los climas más duros, difíciles y hostiles del mundo, incluso se han encontrado en naves espaciales, en la estratosfera y en todos los climas de la tierra, ¿como no iban a estar en la tumba, con un clima tropical, con más de 80% de humedad durante todo el año? Pero no son la causa principal de las manchas marrones que se encuentran encima y debajo de las pinturas de Tut. Los análisis del Getty efectuados únicamente en las partes externas de las pinturas han encontrado todos los materiales de metabolismo de los hongos, como era de esperar”.

Los análisis realizados en Barcelona en los años 90 detectaron la presencia de “urea, ácido úrico, muchos aminoácidos entre ellos alanina, glicina, ácido aspártico, ácido glutámico, triphophates”. “El color marrón extremo de las manchas podría explicarse –añadía el estudio de Porta– por una reacción química entre los azúcares de la goma arábiga, el aglutinante utilizado en las pinturas originales, y la urea y el amoníaco provenientes de la orina fresca del murciélago”. “Las manchas marrones son consecuencia de la orina”, concluye.

Si se intentara eliminarlas, los daños serían “irreversibles”, según Porta.

En lo que Porta y el Getty coinciden es que las manchas están inactivas. “Se calcula que desde su descubrimiento –detalla el barcelonés– más de 100 millones de personas han visitado la tumba. Cada persona emite al aire unos 80 gramos de agua por hora en forma de vapor, por ello la humedad dentro de la tumba durante todos estos años ha sido muy elevada y también la temperatura: el clima ideal para que los hongos se desarrollaran en toda su potencia y esplendor, accidente que no ha ocurrido”, concluye Porta.

Artículo: Ignacio Orovio