En la primera parte de este artículo, vislumbrábamos la astronomía como una herramienta clave a la hora de descifrar la trama argumental de muchos de los mitos griegos. Este recurso, en realidad, vendría a satisfacer una necesidad mnemotécnica, al convertir las curiosas historias sobre los dioses, semidioses y héroes clásicos en pequeñas cápsulas del tiempo, cuyos símbolos custodian un antiquísimo e incalculable conocimiento de las ciencias naturales que, de otra forma, podría haberse volatilizado. Pero, ¿qué hay de la mitología egipcia? ¿Responderá también a este criterio? Al menos así lo intuyeron los propios autores de la antigüedad, con Plutarco de Queronea como mayor exponente y principal baluarte. Sus ideas han traspasado el espacio y el tiempo y la egiptología moderna ha recogido el testigo, proporcionando algunas respuestas en este sentido que, más que por sus posibles aciertos o desatinos, son interesantes porque una y otra vez se reconoce la índole astronómica que subyace a la condición de muchos de los relatos míticos del antiguo Egipto.

Dentro de este ámbito, Santillana, von Dechend y Sellers, han advertido la posibilidad de que entre los conocimientos astronómicos preservados en estos mitos, al igual que frutas en almíbar, se encuentre también alguna noción sobre el movimiento terráqueo conocido como precesión de los equinoccios. Más allá de las pruebas circunstanciales que se han aportado al respecto, existen dos condiciones elementales que afectan al calendario egipcio y que tornan dicha afirmación en una probabilidad bastante remota, a saber: el carácter deslizante del propio calendario y la inexistencia de una fecha única de referencia.

Al no haber echado mano de los años bisiestos, el calendario egipcio quedó supeditado a un peculiar engranaje donde, cada cuatrienio, se adelantaba un día conforme a la realidad cósmica. En grandes períodos de tiempo, este modelo propicia un desfase absoluto entre el curso de las estaciones físicas y las lógicas, conllevando, a la par, el desplazamiento de los ortos y ocasos helíacos y acrónicos de las estrellas. Frente a ello, la precesión de los equinoccios se puede deducir empíricamente al observar cómo las constelaciones se van desplazando en un parsimonioso círculo, casi imperceptible, que tarda en completarse cerca de 25.769,42 años. Así, comparando la posición de las estrellas en una fecha determinada, como solsticios o equinoccios, pero con varios siglos de diferencia, se logra cuantificar la duración de este período. Ahora bien, al combinar este factor con la carencia de años bisiestos, la tarea de mensurar la precesión se complica para el caso de las constelaciones, salvo que se tome la Estrella Polar como testigo, por tratarse, solo en apariencia, de la única estrella fija de todo el orbe celeste.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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