La mitología no apareció de manera espontánea, sino de forma colaborativa, fruto del consenso: toda una nación, un pueblo entero, se puso de acuerdo para aceptar como válidas una serie de explicaciones a aquellos aspectos de la vida cotidiana cuyo carácter parecería exceder los límites de lo racional. Gracias a cada mito, las anomalías podían percibirse bajo el signo de la normalidad, al inventar para ellas unas leyes específicas que provoquen que lo ilógico cobre sentido. No se trata de simples historietas elaboradas al azar, sin ton ni son, por mero divertimento. Muy al contrario, surgen en ausencia de la ciencia reglada, metódica, con el propósito de parchear las realidades incompletas, dando una respuesta en apariencia satisfactoria a aquellos fenómenos para los cuales, eventualmente, en función del grado de desarrollo del conocimiento de cada época, todavía no se ha averiguado una explicación sencilla, sin necesidad de apelar a la intervención de seres con poderes sobrenaturales que interactúen con el mundo sensible. Dos realidades, la humana y la divina, que se entrecruzan, una y otra vez, a través del discurso mitológico.

En otras palabras, la mitología es quizás la versión más bucólica a partir de la cual se origina el conocimiento, una forma de epistemología practicada más por poetas que por intelectuales y que, pese a lo que cabría esperar, no se trata de un constructo propio del pasado, sino que ha logrado pervivir hasta nuestros días, aislada en pequeños reductos, bajo diversos nombres, evolucionando paralelamente al progreso científico y tecnológico, dentro del vasto armario de las pseudociencias, contra las que el siempre genial astrofísico Carl Sagan, en El Mundo y sus demonios, trató de prevenir a la humanidad: “La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (…). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo. A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas desconfían” . En esta cita se podrían intercambiar fácilmente las palabras pseudociencia y mitología, sin alterar apenas su significado.

Como tanto alentó James George Frazer (18541941) en La Rama Dorada , en la actualidad ningún estudio serio en el ámbito de la mitología ignora que cada mito se compone de una serie de elementos recurrentes. En su núcleo se atesora una verdad o un conflicto elemental, que es reinterpretado a través de un conjunto de símbolos cuya misión es hacer lo más comprensible posible dicha verdad o conflicto elemental, gracias a metáforas o alegorías bastante elaboradas. Por ahora, valga el ejemplo de la mitología grecolatina, cuyos episodios tratan de explicar, en primera instancia, el origen mismo de la Tierra, del Sol, de los planetas, etcétera, mediante su personificación a través de los dioses de su panteón sagrado.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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