En el antiguo Egipto el Universo se entendía como un equilibrio entre las fuerzas del orden y las manifestaciones del caos. El momento de la Creación, amenazado cada noche por el caos, se tenía que reproducir cada amanecer cuando el gran dios primordial Atum-Re emergía en el horizonte, teñido de rojo –el color de la sangre- tras haber cruzado los mundos subterráneos de la noche y haber derrotado al caos.

Del mismo modo que la Creación se renovaba periódicamente, los egipcios atribuían un carácter cíclico a las manifestaciones de esa Creación: la vegetación nacía, moría y luego renacía de nuevo; la Gran Inundación llegaba cada año en el momento esperado; las Estrellas Imperecederas (las Circumpolares) brillaban cada noche en el cielo… Igualmente, ese aspecto cíclico impregnaba también la existencia del hombre, que nacía, vivía y fallecía, para volver luego a renacer tras la muerte.

Osiris, legendaria divinidad civilizadora del Egipto más antiguo, brindaba a los hombres la esperanza de que una nueva vida les esperaba tras la muerte. Osiris, engañado y asesinado por Set, había muerto para luego, gracias a los trabajos de Isis (su hermana-esposa) y Anubis (el dios chacal que custodiaba las necrópolis y conducía a los difuntos al Más Allá), volver de nuevo a la vida y ser convertido en Rey del Mundo de la Ultratumba, en tanto que su hijo Horus, engendrado gracias al poder mágico de Isis, tras una conocida y prolongada disputa con su tío Set se habría convertido en el legítimo heredero del reino de Egipto.

Pues bien, los antiguos egipcios con sus creencias en relación con la muerte y el más allá pretendían conseguir, al igual que Osiris, verse convertidos tras un proceso de Glorificación en seres inmortales, asimilados al propio Osiris. Ese es el motivo de que en los textos funerarios el difunto “N” sea denominado “Osiris N”.

Esta es una materia en la que los egipcios lograron brillar con una luminosidad especial. En sus creencias, tan distintas de las modernas, el hombre estaba integrado por diversos componentes que hoy se nos manifiestan muy sugerentes. Nosotros distinguimos entre cuerpo y alma. Los egipcios eran mucho más sutiles y, en ese sentido, su capacidad de distinguir entre lo que ellos llamaban ka, ba y aj reviste una clara importancia.

Artículo: Ildefonso Robledo Casanova

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