Compartir

Wahtye sirvió como notable sacerdote en la corte faraónica de hace 4.400 años. Su biografía había permanecido desde entonces oculta. Una misión egipcia ha hallado su tumba, ricamente decorada, en las arenas de la necrópolis real de Saqqara. Y las autoridades le han otorgado el título del “enterramiento más bello” de un año que agoniza.”Es el hallazgo del año: una tumba privada excepcionalmente bien conservada y colorida, con estatuas incluidas, que pertenece a un sacerdote de la élite que trabajó durante la quinta dinastía”, ha proclamado Jaled el Anani, el ministro de Antigüedades egipcio, durante el transcurso del tradicional boato con el que el régimen ha presentado en sociedad a Wahtye.

El difunto ostentó importantes cargos durante el reinado de Neferirkara (2458-2438 a.C.), el tercer faraón de la dinastía V. El equipo de arqueólogos egipcios se topó con su relación de títulos el pasado noviembre al retirar los escombros que cubrían la entrada a la tumba. Fue en el dintel de la puerta donde aparecieron las tres líneas de jeroglíficos que le rescataron del olvido.

Según la memoria escrita en la piedra, Wahtye fue sacerdote de la purificación real, supervisor del rey e inspector de la barca sagrada. La identidad del finado también asoma por los muros de la oquedad cuyo plano está formado por una sala rectangular de 10 metros de largo, tres de ancho y tres de alto que contiene un sótano al final. El páramo tiene, además, cinco pozos de enterramiento aún por excavar y dos puertas falsas que corresponden al difunto y su madre.Los frescos -exultantes de color como si hubieran sido pintados ayer- le muestran junto a su madre Merit Meen y algunos miembros de su familia. Las paredes dibujan, además, un fascinante universo, una ventana en el tiempo para descubrir los secretos de la producción de cerámica, la elaboración de vino, las actuaciones musicales, la creación de ofrendas religiosas, la caza o la producción de muebles funerarios.

“Vais a disfrutar viéndolo”, avisaba el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades, Mustafa al Waziri, a la comitiva de diplomáticos y periodistas que suele asistir al anuncio de hallazgos. Uno de los tesoros de la tumba es la serie de 24 estatuas esculpidas en la roca que acompañan a 18 nichos. Con el color aún intacto, las figuras representan al propietario de la sepultura y su familia. Un imponente legado al que se suman otras 31 de una persona aún por identificar que aparece de pie o sentada en la posición de escriba y que escoltan 26 nichos de menor tamaño. “Podría ser del difunto o de algún pariente”, sugiere Al Waziri.

La necrópolis de Saqqara -el principal complejo funerario de Menfis, a unos 25 kilómetros al sur de la meseta de Giza- se ha convertido en un filón para unas autoridades ansiosas por anunciar hallazgos y promocionar, de paso, un turismo que está regresando gradualmente tras más de un lustro de agitación política. El mes pasado la misión egipcia firmó un hallazgo singular: la de las momias de dos escarabajos, las primeras de la que se tiene constancia en el antiguo Egipto, y decenas de gatos momificados, albergadas en varias de las siete tumbas descubiertas entonces. “Es una zona muy prometedora que arrojará luz sobre muchos secretos”, advirtió El Waziri.

Artículo: Francisco Carrión