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¿Qué tenía en común un general nazi que aseguró que la victoria final de Hitler ya había sido pronosticada por Nostradamus con una bailarina americana? ¿O una fabricante de corsés y el último pirata del Mediterráneo? ¿O un mago norteamericano y un deportista holandés que ganó la regata más dura del mundo? ¿O un ultra-reaccionario presidente del Comité Olímpico Internacional con un encantador de serpientes sueco que aprendió taxidermia en Barcelona? Todos estaban unidos por su obsesión por el coleccionismo de objetos egipcios. El Antiguo Egipto ejerce una gran fascinación sobre mucha gente. La expedición de Napoleón a Egipto fue un fracaso espectacular a nivel militar, pero activó el interés de los europeos por los faraones y su realidad. Desde entonces, la egiptomania no ha hecho más que crecer y miles de coleccionistas se han interesado en obtener las más preciadas piezas de aquella vieja cultura. Ahora, el Museu Egipci de Barcelona, fundado por el coleccionista Jordi Clos, analiza a los coleccionistas que habían tenido anteriormente las piezas de su fondo en la exposición Pasión por el Egipto faraónico. 200 años de coleccionismo en el Museu Egipci de Barcelona, que estará abierta hasta el 31 de diciembre y que ha sido comisariada por el egiptólogo Luis M. Gonzálvez.

Cada vez más la museología no se preocupa sólo de la exposición de piezas y de su contextualización científica, sino también del análisis de su propia historia: cómo fueron adquiridas, por qué manos han pasado, donde se han expuesto, qué ha significado su exposición… A veces estos ejercicios obtienen resultados espectaculares. También la Fundación Clos ha querido explorar los recorridos históricos de sus piezas. De algunas ha sido muy fácil: dicen que el nefrólogo Emilio Rotellar, gran amante de la egiptología, cuando iba a los actos del Museu Egipci, aparecía con un gran anillo de oro, que había pertenecido a Sa-Neith, sacerdote de Horus, en el siglo VI aC. Cuando murió, sus hijos vendieron su colección a la Fundación Arqueológica Clos, y ahora el anillo está en la exposición. En otros casos hizo falta revisar los archivos del museo, consultar catálogos de subastas, repasar biografías y preguntar a los expertos para reconstruir las historias, a menudo incompletas, de los objetos del Museu.

Esta exposición muestra como el Museo Egipcio se conecta con Rodolfo Valentino, con la familia de Churchill, con Terenci Moix… Una de las historias más apasionantes que se presentan es la de Natacha Rambova, una rica heredera de Salt Lake City que tras estudiar en Inglaterra empezó a hacer de bailaría y a trabajar en el cine y que acabó por casarse con Rodolfo Valentino (sólo estarían 4 años casados). Después de su separación se dedicó a los estudios teosóficos. En 1935 fue a Egipto, coincidió con el Howard Carter y empezó a dedicarse a la egiptología. Es un caso destacado dentro del sector, porque no sólo coleccionó piezas, sino que se dedicó a traducir inscripciones egipcias, con un cierto éxito. Una de las piezas de Rambova que compró la Fundación Clos fue usada en una ocasión por Terenci Moix para hacer una presentación de un libro vestido de egipcio. A la inversa que Rambova, Valerie Susan Langdom era de origen modesto, y parece ser que había sido actriz (aunque algunos afirmaban que más bien había ejercido de prostituta). Se casó con el millonario cervecero Sir Henry Meux y se dedicó a una vida de lujos y placeres. Pero tenía vocación por la egiptología y coleccionó 1.700 objetos; uno de ellos, un anillo, fue adquirido por el Museu Egipci de Barcelona.

El general Thomas Fraser sirvió al ejército colonial inglés: participó en la guerra de los bóers,  en que los británicos actuaron con gran contundencia contra los civiles, y también participó en la expedición contra los rebeldes mahdistas en Jartum (una campaña de gran brutalidad). De su estancia en Egipto se llevó, entre otras cosas, un contenedor de ungüentos del siglo XII aC que ahora podemos ver en la exposición. El barón Hans Wolfang Herwarth won Bittenfeld también era militar, en su caso de la Alemania nazi, pero no se destacó tanto por su participación en batallas como por su colaboración con el Ministerio de Propaganda de Goebbels. En uno de sus libros explicaba que la victoria de Hitler en la guerra era inevitable, porque ya había sido pronosticada por Nostradamus. En la exposición se puede contemplar una figurita de un escarabajo alado que había sido suya. Una espectacular escultura de Horus que se muestra en la exposición había sido comprada por Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional. En 1936 defendió la participación norteamericana en los Juegos de Berlín, y se ganó fama de filonazi. En 1968 se opuso a que la Sudáfrica del apartheid fuera boicoteada en los Juegos de México, persiguió a los atletas negros que habían protestado contra el racismo y minimizó la matanza de estudiantes de la Plaza de las Tres Culturas. Cuando hubo la matanza de atletas israelíes en Munich, en 1972, él, como jefe del COI, se negó a suspender los Juegos. Fue un gran amigo de su sucesor, Juan Antonio Samaranch. En la exposición también encuentran una estatua de una divinidad egipcia que combina las funciones de Osiris, Ptah y Sokar. Era propiedad de Joan March, contrabandista y principal apoyo económico del golpe de Estado de Franco en 1936.

De la mayoría de las piezas que se presentan no se tiene un historial muy cumpleto y hay importantes huecos en su historia. Una de las mejor documentadas es la pieza que se usa en el cartel de la exposición, el llamado busto Dattari. Sabemos que había sido propiedad del coleccionista y revendedor Giovanni Dattari, quien había vivido en El Cairo a finales del siglo XIX. En 1912 se subastó en París. El 1921 fue vendido por Jacob Hirsch, pero no sabemos si es que lo había comprado en París en 1912, o si había aparecido como compensación de guerra alemana. Más tarde el busto pasó por las manos de un empresario de Dallas interesado en el Antiguo Egipto, Alan M. May.

La clave de esta exposición no es la grandiosidad de las piezas. Y, pese a todo, entre los objetos que se presentan hay algunos muy bellos y muy originales. Desde unas chancletas de madera muy bien conservadas, hasta una impresionante representación de la gata Bastet que había sido propiedad del general Pitt-Rivers, uno de los promotores de la arqueología científica. Encontramos también un bello ataúd de madera, que probablemente había sido destinado a un niño. Y objetos que no suelen estar presentes en las exposiciones sobre Egipto, como una magnífica hacha de combate del Reino Medio procedente del coleccionista Daniel Marie Fouquet. Entre las piezas más clásicas se podría destacar, también, la estatua de Horus de la XXVI dinastía, que había sido propiedad del regatista Conny van Rietschoten. Ahora bien, Jordi Clos confiesa que una de las piezas que más quiere es una de las primeras piezas que adquirió, una pequeña estatuilla de una portadora de ofrendas, que había sido propiedad de Joseph Klein, un judío polaco que pudo escapar de la Shoah.

Esta exposición se enmarca en la conmemoración del 25 aniversario de la Fundación Arqueológica Clos y quiere ser “un homenaje a la propia colección”. Jordi Clos, presidente de la Fundación ha hecho una valoración muy positiva de los 25 años de trayectoria: se ha sumado 800 piezas a las que había al inicio, y ya se contabilizan 1.200. Se han financiado 17 expediciones a Egipto y al Sudán. Más de 5.000.000 de personas han pasado por el Museu Egipci de Barcelona. Se ha abierto un Campus Arqueológico en Palau-Solità i Plegamans, con 8 replicas de yacimientos del Antiguo Egipto… Pero de lo que se oye más satisfecho su presidente, Jordi Clos, es de haber conseguido que muchos niños y jóvenes hayan conseguido aficionarse a la egiptología a través del Museu y de su Club Junior. Y todo eso, sin aportaciones públicas: “El Museu no ha recibido ninguna subvención, ni del gobierno de Catalunya, ni del español ni del Ayuntamiento”, presume Jordi Clos, quien explica que el 80% de los recursos del presupuesto surgen de sus propias actividades, y sólo el 20% del mecenazgo y del patrocinio.

Esta es, sin duda, una exposición trabajada. La tarea de Luis M. Gonzálvez a la hora de documentar a los antiguos propietarios es muy reveladora y abre puertas a conexiones sorprendentes. Ahora bien, la disparidad de los personajes individuales acaba ocultando la historia del egiptomanía. No es casualidad que todos estos personajes se dedicaran en la misma época a recoger objetos en Egipto y a llevárselos en el exterior (o, simplemente, a comprarlos en subastas). Si por una parte, había una muy loable curiosidad intelectual, por la otra, obviamente, había una situación internacional que favoreció el saqueo patrimonial egipcio. No fueron los egipcios los que vaciaron las tumbas de los Plantagenet, y no fueron los generales egipcios los que organizaron guerras contra los ingleses y escoceses y se llevaron estatuillas antiguas como souvenirs de sus conquistas. Habría que recordar cómo el dominio colonial y económico de Occidente permitió la rapiña masiva de los bienes arqueológicos, en Egipto y en buena parte del mundo. Pero quizás, para eso no bastaría con un panel. Haría falta toda una exposición. O más.

Pasión por el Egipto faraónico merece tiempo y atención. No es una exposición fácil, con muchas piezas vistosas… Anque, en realidad, cotiene piezas preciosas. Pero aquello más importante es leer las cartelas, observar las fotografías de los donantes, cruzar las historias… Es pues, una muestra para visitar con calma… Es una de estas exposiciones que abre nuevos hilos, que permitirían nuevas investigaciones. Algunos de estos personajes, como el encantador de serpientes Max Willborg, merecerían que se hablara mucho más de ellos. En realidad, esta exposición vale mucho la pena, porque nos habla tanto de Egipto como de nuestra sociedad y de su sano instinto de curiosidad intelectual, pero también de su insaciable deseo de acaparar.

Artículo: Gustau Nerín