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El British explica en 300 objetos la vida en las ciudades hundidas del Nilo

Una mezcla de arqueología tradicional, de Jacques Cousteau y de Indiana Jones. La magia y el misterio de los mundos submarinos y las ciudades perdidas. Un periscopio en el Egipto de la dominación griega. Y dos interpretaciones contrarias: o bien un modelo de integración artística, política y religiosa entre dos de las grandes civilizaciones de la historia, o bien un ejemplo de canibalismo cultural y de las consecuencias nefastas del colonialismo.

Todo eso, y más, es la exposición que se inaugura mañana en el Museo Británico bajo el título de Ciudades hundidas: los mundos perdi dos de Egipto, una colección de 300 objetos –desde gigantescas estatuas hasta diminutas figuritas y pergaminos–, dos terceras partes de ellos excavados en el delta del Nilo por el arqueólogo submarino Franck Goddio, y el resto sacado de la colección permanente del propio British, o prestado por museos de Luxor, Alejandría y El Cairo.

Se trata de un mirador sobre dos ciudades egipcias, Canopus y Thonis-Heracleion, fundadas alrededor del siglo VII antes de Cristo, que prosperaron extraordinariamente debido al tráfico comercial en el Mediterráneo, asimilaron sin problema la conquista de Alejandro el Magno, fueron un escenario fundamental del cruce de la cultura nativa con la griega importada, y en el siglo VIII habían sido reclamadas por el mar y estaban hundidas varios centenares de metros en las arenas del fondo del delta, su ubicación exacta desconocida.

Todos los intentos de encontrar las míticas ciudades fueron en vano hasta que Goddio, en un proyecto conjunto entre el Instituto Europeo de Arqueología Submarina y el Ministerio de Antigüedades de Egipto, encontró hace poco el tesoro, con la mayoría de piezas inmaculadamente preservadas. Como por ejemplo una estatua de cinco metros y medio de altura, y seis toneladas de peso, la diosa Hapy, personificación divina del Nilo, que saludaba a los visitantes a la entrada del puerto. U otras dos, igual de monumentales, de una pareja real de la dinastía tolemaica. O una tercera, descabezada, de la reina Arsinoe II –hija de Tolomeo I– en el papel de Afrodita (diosa de la belleza), que combina la piedra oscura y la pose típica de la imaginería egipcia con las transparencias y formas sensuales de la escultura griega.

El trasfondo de la exposición es la interacción de políticas y culturas en el Mediterráneo oriental, la existencia ya entonces de una especie de mercado común único del que formaban parte Grecia, Turquía, Chipre y Egipto, donde las religiones (al contrario de lo que con frecuencia ocurre ahora) convivían sin mayores problemas, y unos se prestaban los dioses y los mitos a los otros, los emigrantes griegos (comerciantes, soldados, mercenarios…) se mezclaban con la población autóctona en las ciudades egipcias del norte, y todo hijo de vecino pagaba sus impuestos (como demuestran tablillas y papiros que forman parte de la exposición) porque no existían –que se sepa– paraísos fiscales. Y si se hallan sumergidos, no han sido descubiertos hasta la fecha.

Pero la historia depende, por supuesto, de quién la cuenta. Alejandro Magno conquistó Egipto en el 332 antes de Cristo, y tras su muerte (nueve años más tarde) el general Tolomeo estableció una dinastía que reinó en el país durante tres siglos, hasta la llegada de los romanos. ¿Ejemplar integración, o fagocitación cultural y política, que los nativos no tuvieron más remedio que aceptar para sobrevivir? That is the question

En cualquier caso, la muestra del Museo Británico es un mundo maravilloso de mitos y leyendas sobre la vida y la muerte, en el que frecuencia se fusionan y adaptan las creencias religiosas para legitimar el poder, lleno de rituales y prácticas políticas de griegos y egipcios, temporalmente remoto pero históricamente de enorme actualidad en vista de las tensiones generadas en Europa por las oleadas de inmigrantes africanos y asiáticos.

Los objetos excavados de las arenas del Nilo aparecen completados por un centenar de piezas, como el Toro de Apis (prestado por el museo Serapeumde Alejandría), una estatua de madera de Serapis, otra del dios-hipopótamo Tuaret, o una cámara llena de artefactos relacionados con el dios Osiris. La exposición está dividida en cinco secciones: la historia de las “ciudades perdidas” de Canopus y Thonis-Hercleion, el intercambio de mercancías e ideas entre Grecia y Egipto desde el el año 650 antes de Cristo, la convivencia de divinidades griegas y reyes egipcios en la dinastía tolemaica, las ceremonias religiosas secretas, y la llegada de los romanos con la captura de Alejandría.

La gran dificultad de la exposición es cómo evocar en las salas oscuras del Museo Británicola noción romántica de mundos que existieron y desaparecieron, hundidos durante siglos y redescubiertos ahora como por arte de magia. Para ello la comisaria, Aurélia Masson-Berghoff, ha recurrido a las películas y las fotografías como complemento de las piezas de museo. “Existe el prejuicio de que cuando dos culturas se unen, la esencia de ambas se diluye y se debilita –opina–. Aquí pretendemos demostrar más bien todo lo contrario, que es posible compartir idiomas, arte, creencias religiosas e ideas políticas de una manera armónica, de rezar a los dioses del otro y adoptar sus costumbres, su folklore y su indumentaria”. Para los griegos, colonizadores, está claro que funcionó. Habría que preguntarles a los egipcios…

 

Artículo: Rafael Ramos