El factor naval en el Imperio Nuevo

El Imperio Nuevo sería la etapa de mayor esplendor del Antiguo Egipto como Estado; la grandeza de sus faraones, el legado artístico, la grandeza de sus arquitecturas, la extensión territorial o la influencia política a nivel global, así lo atestiguan. Como no podía ser de otra manera, la navegación jugó un papel fundamental en esta etapa de bonanza, pero esta vez la navegación egipcia no solo se circunscribía a los márgenes del Nilo. Con una seguridad y una intensidad nunca vista en su historia, los egipcios se hicieron a la mar y surcaron las aguas del Mediterráneo y el Mar Rojo con afán comercial y militar. Las tipologías de sus embarcaciones se multiplicaron con unidades que iban desde las balsas de papiro, hasta enormes barcos de carga, pasando por barcas ceremoniales, de guerra, reales, funerarias… La construcción naval vivió una época de esplendor con astilleros y trabajadores especializados, tal como atestiguan Heródoto, el papiro 10056 del British Museum, o los vestigios arqueológicos del puerto de Gawasis, en la desembocadura del wadi homónimo. Aparecieron los primeros militares especializados en cuestiones navales, los primeros “marinos”. En definitiva, un desarrollo naval en lo tecnológico, táctico y logístico que nada deben envidiar, en cuanto a asombro del hombre moderno, a la construcción de las pirámides de Giza.

El comienzo del período, con la XVIII dinastía, se da en un contexto sumamente cambiante e inestable en Oriente; el otrora esplendoroso Reino Hitita se encontraba en crisis, los casitas tomaron el poder en Babilonia y los hurritas sentaron las bases de lo que sería el Reino de Mitanni que se convertiría en uno de los grandes enemigos de Egipto en Siria-Palestina. Ahmose, fundador de la Dinastía XVIII, y sus sucesores, permanecieron activos en la región, culminándose el control egipcio de la zona, hasta el sur de Siria, con las campañas de Thutmose III. La consolidación de la autoridad egipcia en el Mediterráneo Oriental supuso una importante reactivación del comercio y con él, el intercambio de todo tipo de factores culturales y humanos.

Hacia el 1600 a.C., gran parte del Egipto Medio y Bajo se encontraba bajo el poder de los hyksos, un pueblo de posible origen siro-cananeo que, pese a adaptarse en gran medida a los usos y costumbres egipcios, eran vistos como una élite extranjera ajena a Egipto. Los gobernantes nativos mantenían el control del Alto Egipto, teniendo como ciudad principal Tebas.

Artículo: Javier Sánchez Páramo

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La naturaleza y el cosmos en la religión egipcia

Cuando estudiamos como se desarrolló en sus inicios la religión del antiguo Egipto se intuye que en esos primeros momentos las creencias religiosas hubieron de estar vinculadas, como en tantas otras culturas, con los fenómenos de la naturaleza.

El hombre primitivo asistía cada día, atónito, al espectáculo que supone la contemplación de las fuerzas de la naturaleza, y es razonable pensar, que al igual que en tantas otras religiones los primeros dioses y cultos egipcios estuvieran vinculados a todos esos fenómenos que el hombre, realmente, no era capaz de comprender.

En esos primeros tiempos hubo de existir una vinculación muy estrecha entre la religión y lo natural. Parece razonable pensar que esos primeros dioses y cultos, desarrollados en los distintos lugares del valle del Nilo, estuvieran muy estrechamente vinculados con esas fuerzas, lo que explicaría el politeísmo, ya que cada fuerza de la naturaleza fue inicialmente una divinidad y habría de permanecer luego como un tributo de la misma cuando se fue produciendo el proceso de antropomorfización.

Llama la atención, en todo caso, la gran disparidad de las gentes que poblaron el valle del Nilo cuando las zonas de los alrededores se fueron desertizando dando nacimiento a lo que hoy conocemos como Desierto del Sáhara. Esa quizás sea, posiblemente, la razón de la disparidad de dioses y cultos locales que parece que existió.

Artículo: Ildefonso Robledo Casanova

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Santuario de Anubis

El santuario de Anubis forma parte de los objetos funerarios del antiguo faraón egipcio Tutankamón (XVIII dinastía, Imperio Nuevo). Su tumba fue descubierta casi intacta el 4 de noviembre de 1922 en el Valle de los Reyes al oeste de Tebas por Howard Carter. Hoy el objeto, con el número de descubrimiento 261, está expuesto en el Museo Egipcio de El Cairo, con el número de inventario JE 61444.

El santuario de Anubis fue encontrado detrás de la entrada sin muro que lleva de la cámara funeraria al Tesoro. El santuario, con una figura de Anubis encima, miraba al oeste. Detrás se encontraba el templete canópico con los vasos canopes del faraón dentro. Durante los trabajos en la cámara funeraria, la entrada fue bloqueada con planchas de madera, de forma que el trabajo de limpieza y recogido no deteriorara los objetos. La investigación y limpieza de la sala comenzó durante la quinta campaña de excavación (22 de septiembre de 1926 – 3 de mayo de 1927) y Carter describe por primera vez el santuario de Anubis en su diario de excavación el 23 de octubre de 1927.

La estatua de Anubis, representado bajo forma animal como un chacal echado en posición de alerta, estaba unida al techo del santuario. La estatua es de madera, pintada de negro. El interior de las orejas, las cejas y el borde de los ojos, así como el cuello y la banda atada en torno al cuello, chapados en pan de oro. El blanco de los ojos es de calcita y las pupilas de obsidiana. Las uñas son de plata, que era más preciosa que el oro en el Antiguo Egipto, al ser más escasa.

La estatua de Anubis estaba envuelta en un paño de lino que data del séptimo año del faraón Akenatón, según los jeroglíficos escritos en tinta en él. Debajo, una muy fina gasa de lino estaba atada en la parte delantera del cuello.1​ Un ramo estaba enrollado al cuello de la figura, con lotos y acianos entrelazados, atados detrás de la cabeza.

Entre sus patas se encontraba originalmente una paleta de escritura en marfil que lleva el nombre de la hija mayor de Akenatón, Meritatón.

La estatua de Anubis fue separada del techo del santuario el 25 de octubre de 1926, a fin de transportarla de manera segura a través de la cámara funeraria al exterior de la tumba y al laboratorio el día siguiente, con el santuario en el palanquín.

Una estatua de Anubis similar fue encontrada en la tumba del faraón Horemheb (KV57), excepto que sus decoraciones eran de piedras preciosas, sustraídas por los antiguos ladrones.

Artículo: Santos Cardoso López / Sara López Caiz

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Encontrada una tumba egipcia intacta con todo su ajuar funerario

La Misión Arqueológica de Oxirrinco de la Universitat de Barcelona-IPOA ha encontrado lo que cualquier egiptólogo sueña: una tumba inviolada. Todavía se desconoce la identidad del individuo momificado, pero se sabe que vivió durante la dinastía XXVI, denominada Saíta (664-525 aC.), la última liderada por egipcios. La arqueóloga Maite Mascort, que dirige la excavación con Esther Pons, conservadora del Museo Arqueológico Nacional, ha valorado el hallazgo “de excepcional”.

Dentro de la tumba, cerrada y sellada, había un sarcófago antropomorfo masculino con la momia y todo su ajuar funerario, compuesto por los cuatro vasos canopes con las vísceras momificadas, 399 ushebtis de fayenza, un escarabeo de corazón, una malla funeraria de protección de la momia y varios amuletos, como udjats, escarabeos o una figura del dios Horus. “Todavía estamos estudiando las inscripciones de los vasos que, suponemos, nos revelarán la identidad de la persona enterrada”, ha detallado Mascort.

La campaña de este año, que empezó el 10 de noviembre y finalizará el jueves, también ha descubierto una segunda tumba femenina del mismo periodo que había sido abierta ya en época antigua. En este caso, la tapa del sarcófago de piedra, también antropomorfo, se encontraba ligeramente desplazada. No obstante, en su interior todavía se conservaban gran cantidad de cuentas tubulares y esféricas de fayenza pertenecientes a la red funeraria que cubría a la difunta, así como un amuleto de piedra de un reposacabezas de una excelente calidad.

Artículo: Sílvia Colomé