El último vuelo del Fénix: Heliogábalo, la piedra solar y el Cometa Halley

Se dice que por sus venas corría la sangre de los faraones: el emperador Heliogábalo, cuya reforma religiosa en provecho del Sol y su excéntrica vida personal ha valido a la historia para tildarlo como el Ajenatón del Tíber, rigió el destino de Roma entre los años 218 y 222, en plena Dinastía Severa. Había nacido en Homs, la antigua Emesa, tercera urbe más importante de Siria después de las ciudades Damasco y Alepo.

Su nombre de pila fue, sin embargo, algo más prosaico, Vario Avito Basiano, tal y como decidieron llamarlo sus padres en el año 203, toda vez acabado el parto: su progenitor, Sexto Vario Marcelo (165-215), era familiar del emperador Lucio Septimio Severo (146-211) y gracias a este parentesco había logrado ejercer como procurador provincial en Britania y ser elevado al rango senatorial, pese a pertenecer a la clase ecuestre.

En cuanto a la madre de Heliogábalo, Julia Soemia Basiana (180-222), era una aristócrata siria de noble ralea, descendiente de la mismísima familia real de Emesa: el padre de Julia, llamado Cayo Julio Avito Alexiano, gobernaba las provincias de Asia, Mesopotamia y Chipre en nombre del Imperio Romano, habiendo sido por ello ascendido al rango consular; mientras que la madre, llamada Julia Mesa (165-224), era cuñada del propio Lucio Septimo Severo, como hermana carnal de su esposa, la emperatriz Julia Domna (160-217), ambas hijas del Sumo Sacerdote del dios El-Gabal en el Templo del Sol de los emesenos, Cayo Julio Basiano, el hombre que ejerció tal solemne oficio, cuando menos, desde el año 187, accediendo a él por la irreprochable calidad de su estirpe, como descendiente del matrimonio formado por Cayo Julio Sohaemo Filocésar, rey-sacerdote de Emesa entre los años 54 y 73, y su consorte, la princesa Drusila de Mauritania.

Artículo: Alfonso Daniel Fernández Pousada

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Templo de Deir el-Haggar

Considerado, el mas pequeño de todo Egipto, en el templo de Deir el-Haggar, que significa monasterio de piedra, podemos encontrar, en la antigüedad de sus paredes de piedra arenisca las representaciones de la triada tebana: Amón, Mut y Khonsu, hechas grabar por los emperadores romanos del siglo I d.C.

El lugar se llamo antaño: El Lugar del regreso a casa (Set-whe), también fue dedicado al dios de Farafra, Seth y a la deidad Thoth, ordeno su construcción el emperador Nerón, cuyo cartucho podemos ver en sus paredes. Añadiendo registros posteriormente Vespasiano en el santuario, Tito añadió el pórtico y Domiciano decoro la entrada principal. La ultima inscripción esta datada en el siglo III d.C.

Debemos destacar y debería ser objeto de nuestras preferencias en la visita poder ver el techo astronómico del santuario, ahora en el exterior, restaurado. Intentar identificar a la diosa Nut, al dios Geb, en el centro Osiris como constelación de Orión, incluso poder encontrar una esfinge que representa al dios Tutu. Este cielo astronómico se lo debemos agradecer al emperador romano Adriano.

En 1990 se creo una iniciativa llamada Dakhleh Oasis Project, con la participación del consejo Supremo de Antigüedades Egipcio, con la intención de restaurar este templo cubierto por las arenas durante siglos, el resultado lo podemos contemplar en nuestra visita.

Artículo: Bartomeu Egea Resino

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Amenhotep III divinizado. La figuración de una escultura al culto solar, parte II

Hace más de 3364 años se creó, a partir de un gran bloque de cuarcita roja-purpúrea, una de las más exquisitas obras de estatuaria del antiguo Egipto; la cual figura al noveno faraón de la dinastía XVIII: Amenhotep III (c. 1390-1353 a.C.). Esta escultura monolítica se conserva en el متحف الأقصر al-Matḥaf al-Uqṣur el “Museo

de Luxor”(N. Inv: J.838) en la milenaria ciudad que antiguamente fue llamada w3st uaset “la poderosa”, una de las capitales del antiguo país del Nilo durante el Reino Nuevo.

En la primera parte de este artículo (cfr.: Egiptología 2.0 N. 19, 2020: 46-53) realicé un análisis formal, iconográfico e iconológico, así como una breve historiografía del descubrimiento de esta pieza, con el fin de contar con los elementos necesarios para poder apreciarla en su justa dimensión. En esta segunda parte me avocaré a analizar la forma y el estilo de representación del propio Amenhotep III, ya que esta obra es una excelente muestra del virtuoso y cambiante arte real de finales de la dinastía XVIII (c. 1539-1292 a.C.) y de como éste se utilizó como elemento legitimador de su linaje y poder.

Artículo: Gerardo P. Taber

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El archivo de cartas de Amarna

El periodo de Amarna (1347 – 1336 a.C.) supuso, sin duda alguna, una de las etapas más singulares de la historia del antiguo Egipto. El establecimiento de la capitalidad egipcia en un territorio totalmente virgen hasta el momento, la revolución artística en las representaciones del faraón y su familia o los cambios introducidos en el mundo religioso son algunos de sus aspectos de mayor peso, pero no los únicos. A finales del siglo XIX, una campesina descubrió por casualidad las llamadas Cartas de Amarna, un archivo de documentación contemporáneo a Amenhotep III (1390 – 1352 a.C.) y Amehotep IV/Akhenaton (1352-1336 a.C.) que se ha convertido en un gran tesoro de la egiptología.

Hacia el 1347 a.C., en su quinto año como soberano, Amenhotep IV dio un giro radical a su reinado al cambiarse el nombre: pasó a llamarse Akhenaton, que literalmente significa “aquel que actúa efectivamente en bien de Atón”. Como parte de su programa revolucionario, el faraón trasladó la capitalidad del país a una ciudad de nueva creación en un territorio nunca antes habitado: Tell el-Amarna, conocida originalmente como Akhetaton, es decir, “horizonte de Atón”.

Amarna se desarrollaba a lo largo de una arteria principal, la Vía Real, que corría de norte a sur en paralelo a la orilla oriental del río Nilo. Partiendo de su límite septentrional, encontramos sucesivamente los distintos barrios y monumentos de la ciudad: el palacio de Akhenaton, el templo de Atón, la residencia real, el palacio de Nefertiti, las oficinas administrativas y los templos menores… En total, se ha podido calcular que la ciudad podría haber llegado a albergar a 20.000-30.000 habitantes.

Como particularidades, la nueva capital carecía de planta ortogonal en casi toda su superficie. Sus calles principales eran bastante amplias, pero no se entrecruzaban formando ángulos rectos; de hecho, muchas de ellas ni siquiera eran rectilíneas.

En contraposición, las calles transversales que atraviesan las principales eran estrechas e irregulares en su recorrido. Por otro lado, muchas de las viviendas urbanas contaban con su propio pozo, lo que las hacía independientes del río Nilo para su suministro diario de agua.

Artículo: Heródoto de Halicarnaso

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