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La tradición egipcia de preservar los cuerpos de forma artificial a través del proceso de momificación comenzó antes de la unificación del Estado en el valle del Nilo (aprox. 3100 a.C.) y continuó hasta bien entrado el periodo de dominación romana (30 a.C.-395 d.C.).

A lo largo de estos más de tres mil años, las momias, los sarcófagos y la propia tumba y su ajuar se convirtieron en los mayores representantes del mundo funerario en el antiguo Egipto.

La momificación alcanzaría su momento de mayor desarrollo técnico durante el Tercer Periodo Intermedio (1069-664 a.C.), cuando ya era un proceso perfecta y sistemáticamente preciso que daba siempre buenos resultados.

Una vez que el cadáver del difunto completaba el proceso de momificación, era introducido en dos tipos diferentes de contenedor: el ataúd y el sarcófago. Puesto que ambos sirven para guardar el cadáver de una persona, se ha generalizado la utilización de estos dos recipientes como sinónimos, pero lo cierto es que son elementos distintos.

Por lo general, el ataúd es una caja de madera donde se introduce un cadáver para enterrarlo, mientras que el sarcófago es un elemento monumental de piedra construido sobre el suelo que contiene el ataúd. A lo largo de la historia del antiguo Egipto, la tipología de los sarcófagos de piedra y de los ataúdes de madera experimentó muchos cambios.

Estas variaciones se debieron no solamente a los cambios artísticos y los avances técnicos producidos en los períodos dinásticos, sino también a las nuevas necesidades que iban surgiendo.

Artículo: Heródoto de Halicarnaso

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